El invierno define el futuro de los viñedos argentinos

Durante julio y agosto, la vid atraviesa una etapa de reposo clave para la próxima vendimia. La poda, la acumulación de reservas y el control de heladas serán determinantes para la calidad y el volumen de la producción.

Por Redacción1 min de lectura
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El invierno define el futuro de los viñedos argentinos
El invierno define el futuro de los viñedos argentinos

Aunque los viñedos parecen inactivos durante el invierno, julio y agosto son meses decisivos para la producción vitivinícola argentina.

En esta etapa, la vid entra en dormición o reposo invernal: pierde sus hojas, reduce al mínimo su actividad fisiológica y concentra energía en raíces, tronco y brazos permanentes. Ese proceso permite acumular reservas que luego serán utilizadas durante la brotación de primavera.

El frío, lejos de ser un problema, cumple una función biológica importante. Las bajas temperaturas y la menor cantidad de horas de luz ayudan a completar el ciclo anual de la planta. Sin ese descanso, la brotación posterior podría ser irregular y afectar la calidad de las uvas.

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Durante estos meses, los productores realizan tareas centrales para la próxima campaña: poda de invierno, reparación de espalderos, mantenimiento de sistemas de riego, fertilización de base y controles sanitarios preventivos. La poda es una de las labores más importantes, porque define la cantidad de yemas que darán origen a futuros brotes y racimos.

La situación varía según la región. Mendoza, que concentra cerca del 70% de la producción nacional, mantiene una intensa actividad de manejo agronómico durante el invierno. San Juan, con un clima más cálido y seco, aprovecha este período para planificar la campaña y optimizar el uso del agua.

En el NOA, los viñedos de Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán y Jujuy se ubican en zonas de altura, muchas veces por encima de los 1.500 metros sobre el nivel del mar. Allí predominan los días secos y soleados, noches frías, baja precipitación y riesgo de heladas en sectores puntuales.

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El principal riesgo aparece hacia el final del invierno: si suben las temperaturas y se adelanta la brotación, una nueva ola de frío puede dañar tejidos jóvenes y comprometer parte de la producción futura.

Por eso, el monitoreo climático es clave. Un invierno con suficientes horas de frío, buena disponibilidad hídrica y ausencia de fenómenos extremos permite preparar mejor los viñedos para la próxima cosecha. En esa etapa silenciosa se empieza a definir la calidad de los vinos argentinos que llegarán al mercado en los próximos años.

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