Vacaciones de invierno: el tesoro oriental que pocos saben que se esconde en un museo tucumano

Entre patios coloniales y muebles europeos, una sala sorprende con un biombo chino del siglo XVIII, cerámicas centenarias y objetos orientales. Un recorrido por una de las joyas menos conocidas del patrimonio tucumano.

Por Ariane Armas3 min de lectura
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Vacaciones de invierno: el tesoro oriental que pocos saben que se esconde en un museo tucumano
Vacaciones de invierno: el tesoro oriental que pocos saben que se esconde en un museo tucumano

Resumen para apurados

Hay una sala del museo Casa Padilla que rompe con todas las expectativas. Después de atravesar una casona del siglo XIX, con patios, pisos de pinotea y muebles europeos, el visitante se encuentra de pronto frente a un enorme biombo chino de casi tres siglos de antigüedad. Detrás de sus paneles negros no sólo hay escenas delicadamente pintadas de mujeres, niños y jardines orientales. Hay también una técnica artesanal que convirtió a esta pieza en una de las más singulares que se conservan en Tucumán.

El biombo forma parte de la Sala Oriental, uno de los espacios permanentes del museo provincial. Allí se reúnen cerámicas chinas, cornalinas, esculturas y otros objetos asiáticos que pertenecieron al coleccionista Ernesto Padilla y que fueron donados al museo cuando la antigua residencia familiar abrió sus puertas como espacio cultural.

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"Este espacio reúne todas las piezas orientales de la colección. Acá están exhibidas las cerámicas, las cornalinas, el biombo, la máscara y una piedra con alrededor de 2.600 años de antigüedad", explica Sabrina Fuensalida, encargada del museo.

Pero el gran protagonista es, sin dudas, el biombo.

A primera vista parece una pieza de madera cuidadosamente grabada. No obstante, el secreto está en otro lado.

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El biombo fue realizado con la técnica Coromandel, llamada así por el puerto desde donde estas obras se exportaban hacia Occidente. El procedimiento requería cubrir la madera con numerosas capas de laca de distintos colores. En este caso, la última era marrón oscuro. Cuando todo secaba, los artesanos comenzaban un paciente trabajo de raspado hasta dejar al descubierto las tonalidades inferiores.

"No está tallada la madera. Lo que se talla es la pintura", resume Fuensalida.

El resultado es una superficie llena de profundidad, donde cada línea fue obtenida retirando capas de laca hasta revelar el dibujo.

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Otra particularidad del biombo es que es bifaz. Cada lado cuenta una historia diferente.

De un lado aparecen canastos rebosantes de flores y aves, mientras que del otro se despliegan escenas cotidianas protagonizadas por mujeres y niños dentro de una residencia oriental.

Al observar los detalles es posible descubrir sirvientes, patios, escaleras, jardines, pequeños puentes y personajes conversando, como si se tratara de una fotografía detenida en la China del siglo XVIII.

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La mesa que acompaña al biombo fue realizada con la misma técnica y pertenece al mismo período.

El Museo Casa Padilla funciona en una residencia que perteneció a Ángel Cruz Padilla y Lastenia Frías. Aunque conserva parte del mobiliario original, la mayor parte de las piezas proviene de la colección privada de Ernesto Padilla, un apasionado del arte decorativo que adquirió objetos en anticuarios de Buenos Aires y de Francia.

Cuando el edificio fue transformado en museo, su hijo Ernesto donó toda esa colección, que hoy incluye muebles europeos, pinturas, cerámicas, textiles y piezas provenientes de distintas partes del mundo.

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Entre ellas también sobresalen las cerámicas celadon, de color verde y fechadas en el siglo XVII, y las conocidas como "sangre de buey", de intenso rojo, elaboradas durante el siglo XVIII.

Quien llega a este lugar  suele esperar encontrarse con una antigua casona tucumana. Y la encuentra. Pero detrás de sus galerías también aparece un viaje inesperado hacia Oriente.

Ese contraste es, quizás, uno de los mayores encantos del lugar: descubrir que, en una casa declarada Monumento Histórico Nacional, sobreviven objetos que comenzaron su historia al otro lado del mundo hace cientos de años y que hoy permiten recorrer, sin salir de Tucumán, escenas de una cultura distante tanto en geografía como en el tiempo.

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