Scott Bessent y Kevin Warsh ordenaron la curva de bonos de EEUU y no hubo tantrum por la suba de tasas que se avecina

El secretario del Tesoro de EEUU evitó un nuevo berrinche de los bonos con recompras de deuda y la amenaza de usar su billón en caja. Warsh, por su parte, recuperó su imagen de halcón en Jackson Hole, pero dejó abierta la duda sobre una suba de tasas en septiembre.

Por José Siaba Serrate8 min de lectura
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Scott Bessent y Kevin Warsh ordenaron la curva de bonos de EEUU y no hubo tantrum por la suba de tasas que se avecina
Scott Bessent y Kevin Warsh ordenaron la curva de bonos de EEUU y no hubo tantrum por la suba de tasas que se avecina

El secretario del Tesoro de EEUU evitó un nuevo berrinche de los bonos con recompras de deuda y la amenaza de usar su billón en caja. Warsh, por su parte, recuperó su imagen de halcón en Jackson Hole, pero dejó abierta la duda sobre una suba de tasas en septiembre.

Scott Bessent y Kevin Warsh.

No hubo pulseada entre el Tesoro y los bond vigilantes. Es que no existe peor cuña que la del mismo palo. Veterano del oficio, Scott Bessent sabe dónde les aprieta el zapato.Las tasas largas están en orden, le habrá informado al presidente Trump. La deuda pública, no. Pero esa es solo la geografía del problema. No fue nunca la razón del entrevero. Las tasas largas dejaron de trepar. No se produjo un berrinche de los bonos, el temido tantrum. Respetaron la línea en la arena que el secretario del Tesoro sugirió (aunque no trazó ninguna). La tasa de 30 años no volvió a pisar 5,34%. El viernes bajó a 5,17% luego de escuchar el discurso áspero del chairman de la Fed en Jackson Hole. Aunque cerró en alza, en 5,21%, tras pensarlo mejor.

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La tasa de 10 años, que es la relevante, aunque no haya sido directamente aludida, se estacionó a un tris de 4,75%. Desafiante, si se quiere. Aun así, tampoco desairó la voluntad de Bessent. No se atrevió a dar un pequeño paso al frente. Quizás convencida de que el camino es hacia arriba, pero siendo sinuoso, sin descartar un abismo por delante. Y el Tesoro todavía no gastó la moneda que prometió. Recién el miércoles de la semana que viene hará la primera recompra de vieja deuda, en una subasta ampliada de 2 mil millones de dólares a 4 mil millones. Será una gota menos en el océano de la deuda pública. Que habrá que reponer luego. Esto es, financiar colocando nuevos pasivos.

¿Cómo es que Bessent le dicta a los mercados hasta dónde pueden llegar? Lo hace a lo Mario Draghi. El secretario, que toma funciones crecientes en la Administración Trump, ya sea porque apaga incendios o se aboca a resolver los atascos, tenía una semana sobrecargada de trabajo. No quiso discutir con los bond vigilantes. Los dejó acumular argumentos en su contra, pero el lunes mismo puso el ancho de espadas sobre la mesa. Las recompras que anunció suman 14 mil millones de dólares. Sin embargo, eso no es todo. De hacer falta, deslizó, podría echar mano al billón de dólares que el Tesoro tiene depositado en su cuenta general en la Fed. Exageró, aunque solo un puñado de dólares. En otras palabras, avisó que rige el "whatever it takes". Como cuando Draghi, al frente del BCE, debió cortar la corrida contra el euro. Y ya lo dice el refrán: mejor pájaro en mano que cien volando. Pesó más el billón en caja que los 40 billones de obligaciones en el aire (o 32 billones si se netean las tenencias intra sector público). Así lo entendieron los bond vigilantes. Y cancelaron la pulseada prevista hasta nuevo aviso. Lo advertimos antes que Bessent: se trata de la gimnasia que el Tesoro realiza cada vez que la política fuerza un cierre – "shutdown" – del gobierno. Nada que no sepa cómo ejecutar.

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Bessent necesitaba anestesiar a los bond vigilantes. Debía anunciar luego la nueva estrategia que se empleará en la guerra en Irán. Se aseguró la calma de las fieras primero. Y recién después lanzó la operación Paria Económico. La Casa Blanca procura el aislamiento no solo de Teherán sino de quienes le presten colaboración para sortear el bloqueo al que se lo someterá en todos los terrenos. El Tesoro tomó así la posta de Defensa. Los misiles escasean. El espíritu marcial flaquea. La oferta de sanciones es elástica y vigorosa. Y Bessent, como veterano financista, es quien debe urdir su trama. El riesgo principal para los bonos era una represalia iraní y el eventual daño colateral en el mercado de energía. Pero el precio del crudo cayó sensiblemente. Ormuz no prestó demasiada atención a los anuncios. La ruta del dinero que reveló el Tesoro tampoco alteró a los mercados. La lista negra – la sucursal emiratí del banco egipcio Misr, la gerente de una sucursal bancaria en Dubái y una pequeña empresa pantalla en Hong Kong – no movió el amperímetro. "Serán sanciones nunca vistas", había dicho Bessent. Pero lo que entregó hasta el momento es solo más de lo mismo. Así, la guerra continúa. Como continúa en Ucrania desde 2022. Cumplió seis meses (sin festejos ni explosiones). Mientras los precios de la energía no se desorbiten, la geopolítica es una anécdota y la vida también continúa.

¿Hasta dónde llega el imperio del Tesoro? Ya les arrebató a los vigilantes el manejo de la última milla en el tramo largo de la curva de bonos. ¿Qué decir de la parte frontal, la que gobierna la Fed a través de la política monetaria? La región dónde, a la par, acude Bessent cada vez más para financiarse. ¿Quién manda ahí? No había dudas cuando timoneaba Jerome Powell. Trump no logró nunca imponerle su criterio. ¿Y con la nueva conducción de Kevin Warsh, el favorito de Bessent a la hora de elegir su sucesor? El presidente siempre quiere tasas más bajas. Warsh las mantuvo. La Fed se dividió. Tres titulares de distrito votaron en disidencia en la reunión de julio abogando por su aumento. Otros manifestaron estar de acuerdo, pero (este año) no tienen voto para terciar en la decisión. Los gobernadores, en su mayoría, hacen mutis por el foro o no tocan el tema. Powell, por caso, guarda silencio absoluto. Será útil escucharlo a Chris Waller el jueves.

No queda claro qué camino tomará la Fed. Y esto es por diseño. Warsh canceló la forward guidance desde su primer día y recortó la comunicación. Mencionó su intención de producir grandes cambios en la institución, pero no supo explicar lo básico: cuál era la función de reacción que guiaba sus pasos. Expresó sí su preferencia por escuchar el mensaje genuino de los mercados, libre de interferencias (entre ellas la que puede suponer la propia visión del banco central). Pues bien, desde marzo los mercados suben sistemáticamente sus tasas. En todos los plazos. Y ya en torno a 75 puntos base. La Fed permanece quieta desde diciembre. No interfirió para nada. ¿Qué parte, entonces, no comprendió todavía el nuevo chairman?

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Concluyó la reunión de julio y la curva de rendimientos, que había comprado el discurso antiinflacionario duro de Warsh, y su crítica filosa al manejo que permitió una inflación en exceso de la meta desde 2021, debió recalcular su postura. Elevó todavía más sus tasas, con una excepción muy marcada en el tramo inicial. La tasa de dos años desmontó de su nivel de 4,35% (versus 3,75% de fed funds) y llegó a caer 20 puntos base. Pero la pendiente se empinó. Y las tasas largas escalaron con bríos. Tanto que forzaron la intervención de Bessent para calmarlas. "No reflejan bien los fundamentos", sentenció. La paradoja es que el mensaje genuino que recibía Warsh se interrumpió de golpe por esa abrupta interferencia.

Nunca, pues, fue tan oportuno el simposio de Jackson Hole. El viernes, Warsh aprovechó el estrado para restaurar su credibilidad. Dejó la parquedad a un lado. Habló largo y tendido. Restableció sus credenciales de halcón. Señaló que las condiciones financieras actuales no le parecen restrictivas. Afirmó que la moderación de la inflación de junio y julio (facilitada por una merma del precio del petróleo que ya se esfumó) no lo convenció de una mejoría de la tendencia de fondo. Es un discurso que podrían pronunciar los tres disidentes. Y aclaró confusiones. La meta de inflación de 2% se seguirá midiendo por el deflactor del consumo personal. Las tasas cortas son la herramienta fundamental para que el banco central cumpla con su mandato dual. No existen sustitutos. Y remató enérgico: la Fed tiene trabajo por hacer si la inflación no baja pronto. Volvió el halcón, aunque todavía aferrado al condicional.

La idea de Warsh fue recomponer su imagen ajada después de la desprolijidad de julio.Misión cumplida.La curva corta está en orden. La tasa de dos años volvió a su escalón de 4,35%. El dólar se consolidó. Aunque, eso sí, las tasas largas no devolvieron el terreno ganado. Los futuros en Chicago cotizan de nuevo una suba de fed funds de un cuarto de punto como el escenario favorito para el mitin de septiembre. Está claro que si es consistente, y de veras quiere elevar las tasas, una amplia mayoría apoyará su moción. Y el aumento se hará realidad. Los futuros lo ven 60% probable. Conservan, eso sí, un 40% de dudas. Y no porque esperen una pronta baja de la inflación. Antes que eso, el 3 de noviembre, llegarán las elecciones. ¿Y quién sabe cuál es el verdadero Warsh? El orador que habla como un halcón convencido. O el actor que cumple el papel de paloma. Esa es la cuestión. Bessent calla. Pero Trump aporta forward guidance. Dice que es "fantástico", que no quiere subir las tasas, pero enfrenta un directorio hostil que puede forzarlo. Si fuera así, si Warsh perdiera la votación interna y la Fed ejecutase el aumento, el chairman habrá cumplido otra de sus promesas. Producir un giro copernicano en el banco central. La curva podrá estar en orden. La casa, no. Y eso no le sirve a nadie. Lo sabremos en dos semanas.

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