San Mauricio: el pueblo que soñó con ser ciudad y terminó en ruinas

Fue el sueño de un inmigrante italiano, que lo levantó en el corazón del oeste bonaerense. La prosperidad, el tren y la fe marcaron su época dorada, hasta que las decisiones políticas, las crisis y una inundación histórica expulsaron a sus habitantes.

Por Carlos Werner6 min de lectura
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San Mauricio: el pueblo que soñó con ser ciudad y terminó en ruinas
San Mauricio: el pueblo que soñó con ser ciudad y terminó en ruinas

Antes que un pueblo con lindas casas, una estación de tren, una capilla o una plaza, San Mauricio fue un gesto de fe. Dos hermanos italianos, Mauricio y Jacinto Duva, llegaron desde Monte Murro con un puñado de pertenencias, una imagen de su santo protector y un pequeño roble traído desde su tierra natal. Cuando uno de sus carros quedó detenido junto al antiguo Fortín Gaspar Campos, entendieron que el destino les había señalado el lugar. Plantaron aquel árbol como quien clava una promesa en la inmensidad de la llanura, encomendaron el futuro a San Mauricio y comenzaron a levantar casas donde hasta entonces sólo había horizonte.

Corría 1884. Mauricio Duva, inmigrante de apenas 31 años, había encontrado en esas 7.000 hectáreas del oeste bonaerense la posibilidad de convertir un sueño en realidad. El pueblo llevó el nombre de su santo y adoptó el 22 de septiembre como fecha fundacional. Desde entonces, la historia de San Mauricio sería la de una comunidad construida casi a fuerza de voluntad.

Duva no imaginó un caserío improvisado. Levantó el almacén "El Nápoles", luego conocido como "El Gran Recreo", loteó tierras para atraer familias y reservó un espacio para la plaza. Allí también hizo construir una capilla, inaugurada en 1893, alrededor de la cual comenzó a latir la vida del pueblo. Pronto aparecieron una escuela (el único edificio que hoy se mantiene en pie casi intacto), una farmacia, un destacamento policial, un hotel, la confitería "El Sol de Mayo" y hasta un terreno destinado a una futura sucursal del Banco Provincia. Cada edificio era una declaración de confianza en el porvenir.

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El gran impulso llegó en 1903, cuando el ferrocarril alcanzó San Mauricio. La estación integró al pueblo con el resto de la región y aceleró un crecimiento que parecía no tener techo. Apenas unos años después ya contaba con 45 manzanas, unas 40 viviendas y se transformaba en el primer poblado de la zona con electricidad. Más de 1.500 habitantes encontraron allí un hogar. En medio de las fértiles praderas, San Mauricio parecía destinado a convertirse en un centro de referencia para el oeste bonaerense.

Con esa convicción, Duva soñó aún más alto. Solicitó que San Mauricio fuera declarado cabecera del partido de Rivadavia. Pero la historia eligió otro camino. América obtuvo ese privilegio y, con él, las inversiones, los caminos pavimentados y el respaldo político que terminarían inclinando definitivamente la balanza. Aquella decisión administrativa fue mucho más que un revés burocrático: marcó el inicio de una lenta pérdida de protagonismo.

Las dificultades no tardaron en multiplicarse. La crisis económica mundial de 1929 golpeó al campo, las malas cosechas castigaron la producción y la administración de Duva empezó a mostrar sus límites. Como si el destino insistiera en poner obstáculos, la tragedia personal también alcanzó al fundador. Tras abandonar el pueblo que había creado, murió atropellado en Buenos Aires en 1931. Quedó su hermano Jacinto, solo y abatido. Poco después, la erupción del volcán chileno Descabezado cubrió de cenizas los campos y terminó de arruinar las siembras.

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Sin embargo, San Mauricio resistió. Década tras década siguió aferrado a sus calles de tierra y a la obstinación de sus vecinos. Aunque muchos emigraban buscando oportunidades, todavía quedaban familias que mantenían vivas las tradiciones. Los bailes en "El Gran Recreo", las clases en la escuela N° 3 José Manuel Estrada y las celebraciones religiosas sostenían el espíritu de una comunidad cada vez más pequeña.

Esa resistencia comenzó a quebrarse en 1986. Un incendio destruyó "El Gran Recreo", el corazón social del pueblo, y ese mismo año una inundación volvió a golpear a los habitantes. Aun así, unas 100 personas continuaban apostando por quedarse. Parecía que San Mauricio siempre encontraba fuerzas para levantarse una vez más.

Hasta que llegó el 22 de septiembre de 2001. El pueblo celebraba un nuevo aniversario cuando comenzaron las lluvias. En apenas dos días cayeron cerca de 300 milímetros de agua. Las calles desaparecieron bajo la inundación (que llegó a un metro en la calle de acceso al lugar) y las viviendas quedaron anegadas. Los 60 habitantes que aún permanecían allí fueron evacuados. Muchos se resistían a abandonar sus casas, sus recuerdos y la vida construida durante generaciones. Premonitorio, uno de sus habitantes, Raúl Santiago Camilletti , dijo en su momento: "la inundación nos dio el golpe de gracia... Esto va a desaparecer".

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Desde entonces, el tiempo terminó el trabajo que había comenzado el agua. Las casas se cubrieron de humedad y moho; los techos cedieron; las paredes comenzaron a derrumbarse lentamente. De la capilla apenas sobrevive la fachada, mientras su campana descansa hoy en el Museo Histórico de Rivadavia. También resisten, cada vez con mayor dificultad, los restos de la imponente casa que Mauricio Duva había levantado con materiales traídos desde Europa.

Sobrevive también una antigua leyenda. Los vecinos contaban que, cuando las cosechas necesitaban agua, llevaban la imagen de San Mauricio hasta la plaza y rezaban. La lluvia siempre llegaba. Después de la inundación de 2001 nadie volvió a pedirla.

Hoy, entre calles vacías, perros errantes y burros que pastan, algunos fresnos y ruinas que el silencio va consumiendo, San Mauricio parece suspendido en el tiempo. El pueblo terminó convertido en un lugar donde ya no quedan voces. Sólo permanecen los muros, el viento y la memoria, custodiando la soledad de un sueño que alguna vez desafió a la inmensidad de la llanura y que ahora resiste, apenas, en el eco de lo que fue.

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Alberto Orga conoce San Mauricio como pocos y lo define como "un lugar mágico, con una fuerza especial", donde cada ruina conserva la memoria de un pueblo que supo ser próspero. El historiador sostiene que el verdadero punto de quiebre llegó en 1910: "La designación de América como cabecera fue un duro golpe del que no se pudo sobreponer", afirma, y atribuye el declive a decisiones urbanísticas desacertadas, sumadas a las sequías, las cenizas volcánicas y las inundaciones. Mientras recorre la antigua iglesia, la estación y el roble centenario plantado por Mauricio Duva, Orga lanza una advertencia: "Alguien dirá: aquí había un pueblo y edificaciones que ya no están, y seremos nosotros los responsables de no haberlo cuidado"..

San Mauricio se encuentra en el extremo noroeste de la provincia de Buenos Aires, dentro del partido de Rivadavia, a unos 33 kilómetros de América (la ciudad cabecera), a pocos kilómetros del límite con La Pampa. Para llegar hay que recorrer la ruta provincial 70 y luego un corto camino de tierra.

Tras la inundación de septiembre de 2001, la mayoría de las familias se radicó en América, donde encontraron viviendas, escuelas y posibilidades laborales. Otros vecinos se trasladaron a González Moreno o a ciudades cercanas. Hasta la campana de la iglesia fue trasladada, en este caso al Museo Histórico de Rivadavia.

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Hoy, San Mauricio recibe visitantes, aunque no se trata de un destino turístico masivo ni existe infraestructura turística. Quienes llegan lo hacen principalmente por interés histórico, patrimonial o fotográfico. Eso sí, en redes sociales y blogs se pueden encontrar numerosas publicaciones que hablan de este lugar, acompañadas de fotos que parecen parte de un película de suspenso.

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