Quién es Raúl Moyano, el docente tucumano desaparecido en el Ñuñorco que nunca se queda quieto

Jubilado desde hace pocos meses, lleva una vida marcada por los viajes, su familia y un fuerte vínculo con Tucumán.

Por Matías Auad9 min de lectura
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Quién es Raúl Moyano, el docente tucumano desaparecido en el Ñuñorco que nunca se queda quieto
Quién es Raúl Moyano, el docente tucumano desaparecido en el Ñuñorco que nunca se queda quieto

Resumen para apurados

"¿Todavía estás ahí?". Liliana Tunkiewiez miraba la hora y volvía a escribirle por WhatsApp. Raúl Moyano seguía en el cerro Ñuñorco mientras la tarde empezaba a apagarse. Ella conocía esa obstinación: ocho años de relación habían sido suficientes para saber que, cuando se proponía algo, no era fácil convencerlo de abandonar. "Le decía: 'Sos un hincha pelotas, ¿qué hacés ahí?'", recuerda ahora en diálogo con LA GACETA.

El último mensaje que recibió fue: "Bajo". Desde entonces, Liliana espera noticias de su pareja, a quien define como alguien incapaz de quedarse quieto. Con otras palabras, su hija Suyay Moyano describe casi la misma silueta: "Muy activo, muy organizado. Siempre tenía qué hacer, muchos proyectos".

Raúl Alfredo Moyano tiene 59 años, nació en Río Seco, en el departamento de Monteros, y transitó gran parte de su vida adulta a más de 1.500 kilómetros de Tucumán. Fue maestro, director, coordinador y supervisor en escuelas de Río Negro. Se jubiló hace pocos meses, aunque ya buscaba nuevas actividades para seguir trabajando. También sacó fotos en fiestas, organizó eventos, llevó pasajeros a Chile, hizo viajes compartidos y convirtió la montaña en una parte habitual de su vida.

Moyano se crió en Río Seco, donde todavía está la casa que perteneció a su madre, Silvia, fallecida el 27 de septiembre del año pasado. Estudió en la Escuela Normal y se recibió de maestro. Con poco más de 20 años, decidió irse al sur en busca de mejores oportunidades.

Según cuenta Suyay, como al principio no consiguió trabajo docente, aprovechó la temporada de cosecha de manzanas, una actividad tradicional del Alto Valle de Río Negro. Liliana añade que durante aquellos primeros años llegó a ser cajero en Casa Tía, la cadena de tiendas y supermercados que durante décadas tuvo presencia en numerosas ciudades argentinas.

Después llegaron las primeras horas frente a un aula. La docencia terminó marcando el rumbo de su vida: trabajó en escuelas de Cipolletti y Cinco Saltos y, con los años, comenzó a desplazarse hacia establecimientos rurales. "Siempre le gustaron las escuelas rurales, donde el trato con los chicos es otro, es más cercano", explica Suyay.

Fue coordinador de una escuela albergue en El Manso, una zona rural de la región andina de Río Negro, al sur de Bariloche; luego director en Pilcaniyeu, unos 80 kilómetros al este de esa ciudad, y también trabajó en Río Villegas, un pequeño paraje sobre la ruta 40, camino hacia El Bolsón. Finalmente llegó a desempeñarse como supervisor.

"Cuando aparecía un cargo que le convenía y le gustaba, lo aprovechaba", cuenta Liliana. Incluso cuando ocupaba puestos directivos, seguía entrando al aula: "Ama a los chicos. Tiene una pasta para enseñarte. Es ese docente que quiere tener todo ordenado, en regla, como tiene que ser".

Ese vínculo sobrevivió al paso de los años. Liliana recuerda que una vez entraron a un comercio de Neuquén y la mujer que atendía lo reconoció enseguida. "Hola, profe. ¿Se acuerda de mí?", le preguntó.

En Cipolletti pasa algo parecido. Ex alumnos que ya tenían veintitantos años se acercan para saludarlo y, desde que comenzó la búsqueda, antiguas familias de estudiantes y compañeros volvieron a comunicarse con su entorno. "Es muy lindo el cariño que le tiene la gente", dice Liliana.

Raúl es padre de Matías, de 32 años, y de Suyay, de 27. "Más allá de que mis papás están separados hace bastante, siempre fue un padre presente. Cuando podía, un fin de semana o un finde largo se acercaba para verme", cuenta ella a LA GACETA.

Con los años, la relación se volvió más estrecha. Cuando su hija terminó sus estudios mientras vivía en Entre Ríos, él viajó para acompañarla en el egreso y después ayudó con la mudanza de regreso a Cipolletti.

Hace 10 años Raúl pidió un traslado para instalarse en Bariloche: le gustaba la posibilidad de tener la naturaleza cerca, salir a caminar y vivir en un entorno que sentía más amable. Suyay cuenta que su padre es una persona muy vinculada a las creencias energéticas: en la familia practican reiki, limpiezas y otras formas de cuidado personal. "Sentía que Bariloche era el lugar donde podía estar tranquilo", explica.

Liliana conoció a Moyano a través del mundo docente, aunque ninguno estaba dentro de un aula. Ella trabaja en la Mutual del Magisterio de Río Negro, que dispone de hospedajes para maestros que deben trasladarse por cuestiones de salud. Raúl se alojó allí alguna vez y, al principio, prácticamente no hablaron.

Después la buscó por Facebook. "Debe haber buscado mi nombre y mi apellido. Me escribió por Messenger", recuerda. Poco tiempo más tarde regresó a Cipolletti por el cumpleaños de su hija y pasó a saludarla. "Y nunca más nos despegamos", resume.

La frase incluye una particularidad: durante buena parte de la relación estuvieron separados por cientos de kilómetros. Mientra él trabajaba en distintos pueblos, ella vivía en Cipolletti con sus hijos, por lo que se veían en viajes, fines de semana y vacaciones. Vinieron al menos seis veces a Tucumán y también recorrieron Las Grutas, Buenos Aires y otros puntos de la Patagonia.

Antes de que desapareciera en el Ñuñorco, la montaña ya ocupaba un lugar central en su vida. A veces le alcanzaba con tener libre un fin de semana para preparar la mochila y salir. "Se preguntaba qué hacía, agarraba la mochila y se iba", cuenta Liliana.

Podía caminar solo o en grupo, recorría senderos de la Cordillera y llegaba hasta lagunas de altura. Su hijo Matías contó a LA GACETA que el trekking era una actividad rutinaria para él en Bariloche y que además hacía gimnasio y andaba en bicicleta.

Cuando Liliana lo acompañaba, Raúl adaptaba el recorrido a las posibilidades de su compañera. "Sabía hasta dónde podía llegar yo", recuerda. Una Navidad en la que no pudo viajar a Cipolletti, el docente preparó la carpa y decidió pasar las fiestas en la montaña.

Liliana insiste en que no acostumbraba improvisar. "Es muy mental y precavido. No es que agarra agua y se va. Hacía una ruta, un camino, un croquis. Llevaba fruta, cereales, un cambio de ropa, dependiendo de los días que pensaba estar", explica. Por eso, para quienes lo conocen, todavía resulta difícil comprender qué pudo haber ocurrido en el Ñuñorco.

En mayo terminó formalmente su carrera docente, pero la jubilación no aparecía en sus planes como una vida sin trabajo. Había conseguido tareas administrativas en una delegación de la Mutual del Magisterio en Bariloche, donde analizaba otras alternativas para generar ingresos.

Pensaba cambiar su Fiat Cronos para hacer servicios de traslado o repartos. Durante años, cuando quería viajar a Chile, publicaba el recorrido en grupos de Facebook y llevaba pasajeros que cruzaban la Cordillera para hacer compras. También aprovechaba los viajes a Cipolletti para compartir gastos.

"Es una persona muy buena. Si te tiene que ayudar, te va a ayudar", agrega Suyay. Tenía un terreno en Cipolletti. Con Liliana habían hablado de construir allí, venderlo o mudarse a El Bolsón. Ningún proyecto parecía completamente cerrado porque siempre aparecía otro.

Raúl es hincha de River al punto de llevar el escudo tatuado en un brazo. Liliana recuerda, entre risas, que antes de conocerlo decía que nunca saldría con alguien que tuviera tatuado el escudo de un club.

Es el mayor de cuatro hermanos: Martín, que vive en la Patagonia y viajó con él a Tucumán; José, radicado en Río Seco; y Beatriz, en Cipolletti. A esa familia se sumó también la de Liliana. Cuando comenzaron la relación, Isabella, la hija menor de ella, todavía usaba pañales y hoy, con 11 años, considera a Raúl su "papá del corazón". Ya es abuelo.

"Es familiero", resume Liliana. Suyay coincide: aun cuando la distancia impuso etapas de menor contacto, destaca que su padre buscó estar presente y que con los años la relación se volvió cada vez más cercana.

Raúl nunca terminó de irse de Tucumán. Mientras su madre vivía, regresaba al menos una vez al año para verla. Veía a sus hermanos, primos y tías. Río Seco nunca dejó de ser su centro.

Cuando Silvia comenzó a necesitar más asistencia, Raúl se involucró de lleno en sus cuidados. Le conseguía kinesiólogo, pedicura, la acompañaba al médico y trataba de resolver lo cotidiano cada vez que viajaba. "Se puso a la madre a sus espaldas", dice Liliana.

Un año después de su muerte, Raúl volvió a Tucumán para participar de una misa en su memoria y se instaló junto a Martín en la casa familiar de Río Seco. El lunes 12 acompañó a su hermano José y a su cuñada hasta El Mollar, donde ambos construyen una pequeña casa.

A partir de allí, la historia conocida: mientras ellos realizaban algunos arreglos, Raúl decidió caminar. Cerca de las 11 inició el ascenso al Ñuñorco. Durante varias horas siguió enviando fotografías, audios y mensajes. Según la denuncia policial, a las 17.20 todavía estaba en la montaña.

Liliana estuvo en contacto permanentemente. Raúl le habló de la niebla, de que "el camino estaba cerrado". Ella empezaba a inquietarse por el paso de las horas. "¿Todavía estás ahí?", le preguntó.

"Es sagitariano", dice ella buscando una explicación para una personalidad difícil de frenar. "Se pone un objetivo y lo hace. Es cabrón. Tiene mucha fuerza de voluntad". Después llegó el mensaje: "Bajo".

Fue el último que recibió de él. Al día siguiente supo que lo estaban buscando y, desde entonces, el nombre de Raúl quedó asociado a helicópteros, drones, rescatistas, baqueanos, antenas telefónicas y mapas del Ñuñorco.

Para quienes lo conocen, sin embargo, detrás de ese operativo sigue estando el maestro al que sus ex alumnos saludan en la calle, el padre que recorrió cientos de kilómetros para compartir un fin de semana, el hombre que cocina y plancha su propia ropa, que camina durante horas y que siempre encuentra algo nuevo para hacer.

Antes de viajar a Tucumán había hablado con Liliana sobre el próximo plan. Ella tenía nueve días de vacaciones pendientes y pensaban tomarlos durante las primeras semanas de noviembre para ir, junto a Isabella, a Punta Perdices, Las Conchillas y Las Grutas. Era el próximo viaje. Uno más en una vida marcada por las aulas, las rutas, la familia, las montañas y los proyectos.

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