Los hechos no hablan
Entre los hechos y las decisiones de los gobiernos siempre media una interpretación. Es allí donde los acontecimientos adquieren significado. Y es allí donde comienza verdaderamente la política internacional.

Entre los hechos y las decisiones de los gobiernos siempre media una interpretación. Es allí donde los acontecimientos adquieren significado. Y es allí donde comienza verdaderamente la política internacional.
Los presidentes de EEUU, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, en su último encuentro.
"La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios".
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Con esas líneas, Jorge Luis Borges cerró uno de sus cuentos más memorables. Difícilmente pudiera imaginar que, varias décadas después, esas palabras ofrecerían también una sugestiva puerta de entrada para pensar la política internacional del siglo XXI.
Hace dos semanas, en esta misma página, sostuve que una idea puede sobrevivir al fracaso de su implementación. La semana pasada sugerí que también un liderazgo puede hacerlo. Hoy quisiera avanzar un paso más.
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Ambos casos remiten, en realidad, a una pregunta más profunda. No sólo sobre la política doméstica, sino también sobre la política internacional: ¿Qué determina el significado de un acontecimiento? ¿Los hechos mismos o la lectura que gobiernos, sociedades y dirigentes construyen sobre ellos? La respuesta exige mirar un poco más allá de los hechos.
Los hechos importan. Son el punto de partida de cualquier análisis serio. Pero rara vez hablan por sí solos. Entre los hechos y las decisiones de los gobiernos siempre media una interpretación. Es allí donde los acontecimientos adquieren significado. Y es allí donde comienza verdaderamente la política internacional.
Como en Emma Zunz, la discusión no gira únicamente alrededor de los hechos. Gira, sobre todo, alrededor de lo que esos hechos llegan a significar.
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Pocas cuestiones ilustran mejor este fenómeno que los grandes debates internacionales de nuestro tiempo. La rivalidad entre EstadosUnidos y China puede presentarse como una nueva Guerra Fría o como el nacimiento de un orden multipolar. La guerra en Ucrania puede entenderse como la defensa del orden internacional basado en reglas o como un capítulo más de la competencia entre grandes potencias. La ampliación de los BRICS puede verse como una amenaza al orden liberal o como la expresión de un equilibrio internacional más representativo.


Los hechos son conocidos. Lo que permanece en disputa es su significado. Y allí aparece una cuestión todavía más importante.
Cuando afirmamos que el orden internacional está cambiando, no sólo discutimos una nueva distribución del poder. También discutimos qué entendemos por "orden", quién tiene legitimidad para definirlo y cuáles deberían ser las reglas que organicen la convivencia internacional. La transición que vivimos no enfrenta únicamente intereses nacionales. Enfrenta maneras diferentes de comprender el mundo que está emergiendo.
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Borges intuía algo semejante cuando escribía que la historia de Emma Zunz se imponía porque "sustancialmente era cierta". No afirmaba que los hechos fueran irrelevantes. Mucho menos reivindicaba la mentira. Advertía, más bien, que una narración puede imponerse no porque todos los hechos que refiere sean exactos, sino porque logra expresar una verdad que una comunidad reconoce como sustancial, aunque algunos de sus detalles resulten discutibles.
La política internacional conoce muy bien ese mecanismo. Los hechos existen. Los intereses también. Pero entre unos y otros siempre aparece una explicación del mundo. Es allí donde la política internacional deja de ser solamente una disputa por la distribución del poder para convertirse también en una disputa por el significado.
La política internacional continúa siendo, en esencia, una competencia entre actores que persiguen intereses. Pero esos intereses sólo adquieren verdadera eficacia política cuando logran imponerse también como la explicación más convincente de los acontecimientos. Estados Unidos, China, Rusia, Europa e incluso el llamado Sur Global no sólo persiguen intereses diferentes. También compiten por imponer explicaciones distintas sobre el funcionamiento del sistema internacional y sobre el tipo de orden que debería suceder al surgido después de 1945.
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En cierto modo, la reflexión de Borges dialoga con una intuición central de Hannah Arendt. La política no existe porque todos compartamos una misma verdad, sino porque, compartiendo un mismo mundo, estamos obligados a confrontar comprensiones diferentes sobre su significado. Allí reside tanto la riqueza como la fragilidad de las democracias. Y también una de las claves del sistema internacional.
Los hechos siguen siendo indispensables. Pero ya no alcanzan para explicar por qué los Estados actúan como actúan ni por qué las sociedades apoyan unas decisiones y rechazan otras. La capacidad de definir el significado de los acontecimientos también constituye una forma de poder.
Quizás por eso las grandes transformaciones internacionales nunca comienzan solo cuando cambia la distribución del poder. Antes de construirse en los hechos, todo nuevo orden comienza siendo una idea.
* Jorge Argüello. Presidente Fundación Embajada Abierta. Exembajador ante ONU, Estados Unido y Portugal
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