Las tres cicatrices de Lionel Messi: cómo las finales perdidas forjaron el carácter de la era dorada

Entre Río de Janeiro, Santiago y Nueva Jersey, la Selección encadenó tres finales seguidas sin recibir goles en el tiempo reglamentario. La etiqueta de "generación perdedora", el costo emocional para el capitán y el endurecimiento competitivo que terminó allanando el camino a l…

Por Gonzalo Vera2 min de lectura
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Las tres cicatrices de Lionel Messi: cómo las finales perdidas forjaron el carácter de la era dorada
Las tres cicatrices de Lionel Messi: cómo las finales perdidas forjaron el carácter de la era dorada

Resumen para apurados

La consagración de Lionel Messi en la selección argentina no salió de la nada en el Maracaná ni de una racha de suerte en Medio Oriente: viene de algunas de las frustraciones más duras del fútbol moderno. Para entender lo que significó el tetracampeonato entre 2021 y 2024 hay que repasar el tramo entre 2014 y 2016, cuando el equipo jugó tres finales internacionales en apenas 24 meses y perdió las tres sin recibir un solo gol en los noventa minutos.

El primer golpe fue el 13 de julio de 2014 en Río de Janeiro. Con Alejandro Sabella al mando, Argentina se paró desde la solidez defensiva y le dejó a Messi la tarea de resolver los partidos en campo rival. Sus cuatro goles en la fase de grupos y la asistencia clave ante Suiza marcaron el nivel del equipo en el torneo, pero el gol de Mario Götze en el minuto 113 de la prórroga cortó la ilusión en el Maracaná. Messi recibió un Balón de Oro con gusto amargo en la premiación.

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Lejos de derrumbarse, el equipo mejoró su juego bajo la conducción de Gerardo Martino, con buen funcionamiento colectivo en las Copas América de 2015 en Chile y 2016 en Estados Unidos. Messi tuvo un nivel bueno en esos torneos, con cinco goles y cuatro asistencias en la Centenario. Pero la mala suerte se repitió en dos finales calcadas ante Chile: dos empates 0-0 tras 120 minutos de desgaste físico y derrotas en los penales. El remate que el capitán tiró por arriba del travesaño en el MetLife Stadium en 2016 fue la imagen de un plantel al límite después de tanta presión acumulada.

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En esos años, parte de la crítica local bautizó al grupo como la "generación perdedora", sin tener en cuenta lo difícil que es llegar a tres finales seguidas en la élite internacional. El costo lo sintió sobre todo Messi, que cargaba cada derrota como si fuera una deuda personal, mientras crecía un debate público bastante duro sobre su liderazgo y su compromiso con la camiseta.

Con el tiempo, ese dolor acumulado no fue el final de nada, sino parte del proceso que hizo falta para madurar. Esas tres finales perdidas ayudaron a forjar la cabeza del capitán y sentaron las bases para que, años después, la Selección aprendiera a jugar bajo presión sin desarmarse. En Lusail, cuando la final del mundo ante Francia exigió aguantar los momentos más duros, el equipo ya sabía lo que era estar al límite; por eso pudo salir adelante, porque ya había aprendido a levantarse de las derrotas más difíciles.

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