La pregunta que no encuentra respuesta
Por Sergio Sinay (Especial para EL LIBERAL )
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La pregunta que no encuentra respuesta La pregunta que no encuentra respuesta
No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía". Así comienza El mito de Sísifo, ensayo esencial del gran escritor y pensador existencialista Albert Camus (1913-1960), premio Nobel de Literatura y autor, además, de novelas como El extranjero, La caída y La peste y de obras de teatro como Los justos y Calígula. Para Camus, ateo confeso, la vida es un absurdo relámpago de luz en medio de la infinita oscuridad de la nada. Y, si no le encontramos un sentido, queda reducida a ese absurdo.
¿Cuál es, entonces, el sentido de una vida, de cada vida? La respuesta, desde el existencialismo, depende de cada persona. Cada uno es responsable de encontrar el sentido de su vida, de lo que hace con ella a partir de estar en el mundo. El suicidio sería la confesión de no haber dado con ese sentido. Y cada suicidio es, a su vez, una respuesta única e intransferible. El punto final de una historia que nadie puede juzgar, porque nadie llega jamás, por mucho que la quiera o la conozca, a la insondable esencia de otra persona, a su misterio.
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Y, sin embargo, aunque cada suicidio es tan único e intransferible como cada vida, todos se producen en este mundo que compartimos. Y en el momento particular de una sociedad, con sus condiciones sociales, económicas, políticas y culturales. En la decisión de quitarse la vida esas condiciones pueden ser sólo una referencia, un telón de fondo, o pueden ser parte influyente en la trama del drama.
Según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), en la Argentina se produjeron 5.209 suicidios durante 2025.
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Un 22,6% más que en 2024. Es la cifra más alta desde que existen estadísticas al respecto. Eso significa 11,8 casos cada 100.000 habitantes, dato que supera al promedio mundial según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Una mirada holística no puede ignorar la relación entre ese fenómeno y el dramático deterioro y precarización de la vida que se viene produciendo en el país desde hace mucho tiempo.
En principio el fenómeno se coció a fuego lento (durante lo queirónicamente se llamó la "década ganada"), y en los últimos tres años a máxima temperatura, con miles de empresas cerradas y quebradas, cientos de miles de puestos de trabajo perdidos, un 97% de familias endeudas y la mitad de ellas en mora insanable. De lo que fue una orgullosa y potente clase media, generadora de profesionales, de proyectos, de futuro, van quedando migajas. Sus miembros caen a la llamada clase baja, y lo que antes se conocía como proletariado es ahora precariado, una ciénaga amenazante.
De la totalidad de suicidios consignados, un 78,6% se produjo entre varones de entre 18 y 34 años. La edad de construirse un lugar en el mundo, de diseñar una vida y emprenderla. Para encontrar el sentido de la propia existencia, de la que hablaba Camus, es necesario que, al levantar la mirada, se vea un futuro, un territorio temporal en el cual construir un porvenir. Pero sí solo se respira para sobrevivir, en una atmósfera de anémicas perspectivas colectivas, en la que los vínculos sociales y personales se debilitan, las oportunidades de trabajo y emprendimiento se reducen a pedalear y uberizar largas y esforzadas horas sin garantías de un mañana, todo se reduce a lo inmediato a un hoy frágil y perecedero. Como Sísifo, cada día hay que llevar la roca hacia arriba solo para verla caer una vez más.
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Para un alma frágil es demasiado. Renuncia.
Por supuesto, no todas las historias personales son iguales, cabe repetirlo, cabe recordar que cada vida es única y también lo es cada suicidio. Pero los humanos somos seres sociales por naturaleza, vivimos entre otros, con otros, respiramos el mismo aire, compartimos una atmósfera física y una atmósfera anímica y social. Esa atmósfera a veces alienta vivir y otras desalienta. Lo que ocurre entonces en cada mente y en cada corazón es inescrutable, sucede en un espacio sagrado e inviolable. El propio Camus escribió alguna vez: "En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible". Pero no en todos los corazones y las mentes habita ese verano.
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