La morosidad de las familias: un 40% de los deudores debe menos de $375.000
El economista Wallberg trazó un mapa de la deuda en hogares y señaló los factores que inciden en ello, más allá de los créditos personales.

Resumen para apurados
El reloj marcaba apenas pasadas las nueve de la noche cuando la escenografía de Panorama Tucumano, el ciclo político de LG Play, encendió sus luces habituales. En la conducción, Federico van Mameren abrió la mesa con una inquietud que viene ganando terreno en la calle: el creciente endeudamiento de las familias, la mora en los pagos y la reacción airada del presidente Javier Milei ante la difusión de esas cifras.
Para desentrañar el laberinto, el invitado fue el economista y docente universitario Gustavo Wallberg, quien antes de meterse de lleno en la aridez de la coyuntura prefirió aflojar tensiones con una chicana futbolera sobre su fanatismo por Boca y su origen en el ingenio jujeño Ledesma. Sin embargo, la distensión duró poco; el análisis que siguió combinó números fríos, cuestionamientos a las decisiones monetarias del Gobierno y un llamado de atención directo para el futuro productivo de Tucumán.
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El disparador fue el salto en los índices de morosidad crediticia. Frente al dramatismo que suele envolver estos temas, Wallberg optó por matizar el volumen del dinero en juego, aunque sin restarle gravedad social. Explicó que, según análisis minuciosos sobre datos del Banco Central, alrededor del 40% de los deudores debe menos de un salario mínimo vital y móvil, es decir, montos inferiores a los $ 375.000. "En cantidad de dinero no es una cifra desmedida, pero sí lo es en cantidad de personas: estamos hablando de más de 5,8 millones de morosos", remarcó el economista.
Según Wallberg, este cuello de botella deja al descubierto la pequeñez histórica del sistema financiero argentino, donde el crédito a las personas apenas representa un 15% del Producto Bruto Interno, a años luz del 70% o 75% que exhiben vecinos como Chile y Brasil. "No tenemos sofisticación financiera, en gran parte por décadas de inflación donde la gente solo busca salvar el día", argumentó, advirtiendo que la mayor señal de alarma se concentra en los préstamos personales y de consumo cotidiano, donde la mora trepa al 16% porque muchos recurren al crédito simplemente para intentar llegar a fin de mes.
En ese punto del intercambio, Van Mameren puso el foco en el rol de las billeteras virtuales y las casas de crédito rápido, preguntando por el riesgo de empujar a la gente a un mayor descalabro financiero. Wallberg definió a este circuito como un arma de doble filo. Si bien reconoció que permite incluir a un 45% de trabajadores informales que no cuentan con un recibo de sueldo para mostrar en un banco tradicional, alertó que las tasas de morosidad fuera del sistema bancario rondan entre el 40% y el 50%.
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"Es parecido al usurero al que recurrís a las tres de la mañana a la salida del casino: te salva la noche o te termina de hundir. En estos circuitos no hay garantías reales; te jugás la reputación crediticia, y si no tenés una conducta férrea de autorrestricción, es facilísimo desbarrancar", graficó el docente.
La charla giró entonces hacia la política. Van Mameren indagó sobre los motivos del malestar presidencial y la postura libertaria de que las deudas privadas no conciernen al Estado. "¿Hasta dónde no se tiene que meter el Estado si hubo una responsabilidad pública?", interpeló el conductor. Wallberg no esquivó la respuesta y señaló la contradicción: aunque en la teoría se trate de acuerdos entre partes, el salto en las tasas de morosidad fue consecuencia directa de las medidas del propio Banco Central en la previa electoral de 2025.
El economista detalló que, para evitar una corrida cambiaria y contener el dólar, la autoridad monetaria elevó los encajes bancarios al 95%. "Al restringir lo que los bancos podían prestar, la tasa de interés se disparó a las nubes. El Gobierno logró secar la plaza, frenó la compra de dólares, llegó con alivio y ganó las elecciones, pero esa maniobra liquidó a miles de tomadores de créditos a tasa variable", explicó. Además, sostuvo que la irritación de Milei responde a un escenario político más complejo: la inflación mensual que resiste en torno al 2%, el desgaste que muestran los índices de confianza pública y el temor a que el Congreso impulse proyectos demagógicos para subsidiar a los deudores con recursos del Tesoro.
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El tramo final de la entrevista se centró en los mitos económicos y el posicionamiento de Tucumán frente al nuevo mapa del país. Según la visión de Wallberg, el impacto destructivo de las importaciones es más un "mito". Recordó que el 80% de lo que ingresa al país corresponde a bienes de capital e insumos necesarios para la industria nacional, representando los bienes finales de consumo apenas una porción marginal del PBI. Fue allí cuando Van Mameren le planteó una inquietud recurrente para la provincia: "Gustavo, en Tucumán no tenemos ni minería ni petróleo, ¿es para que nos preocupemos?".
La réplica de Wallberg fue contundente y apuntó a sacudir la pasividad de la dirigencia y el sector privado local. El economista sostuvo que el derrame de Vaca Muerta y los yacimientos de la cordillera ya está demandando mano de obra calificada y citó el caso de constructores locales que pierden técnicos porque en el sur perciben salarios cuatro veces más altos. Instó a canalizar institucionalmente la oferta de profesionales tucumanos, a diseñar insumos específicos que hoy se compran afuera y a apostar a producciones de alto valor agregado y bajo peso logístico, como las aromáticas en los valles o el desarrollo de atractivos turísticos de nivel internacional. "El mundo es una oportunidad, pero Tucumán tiene que organizarse y dejar de quejarse porque la Nación no manda fondos para obras que en realidad debían ejecutar la Provincia o los municipios. Hay que dejar de mirar de afuera y subirse al tren productivo", concluyó.
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