La frontera entre "nosotros" y "ellos"
El etnonacionalismo traza una frontera interna invisible: la que separa a quienes forman parte del "nosotros" nacional de quienes, aun siendo ciudadanos, permanecen del lado de "ellos".

El etnonacionalismo traza una frontera interna invisible: la que separa a quienes forman parte del "nosotros" nacional de quienes, aun siendo ciudadanos, permanecen del lado de "ellos".
Mariano Rajoy cuestionó el origen de los jugadores de la selección francesa en una columna publicada durante el Mundial.
"Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses." Mariano Rajoy escribió esa frase en julio pasado, en una columna publicada en el diario español El Debate, al referirse a la selección francesa durante el Mundial de fútbol. La frase podría haber pasado inadvertida si no fuera por un dato difícil de ignorar: de los 26 jugadores convocados por Francia, 23 habían nacido en ese país. Los otros tres también eran ciudadanos franceses.
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¿Qué les faltaba entonces para ser franceses? La pregunta conduce a un fenómeno que vuelve a ganar espacio en la política contemporánea: el etnonacionalismo. Toda nación construye la noción de un "nosotros". Pero para el etnonacionalismo, la condición de ciudadano puede resultar insuficiente para integrarlo. El origen, la ascendencia, la religión, la lengua o determinados rasgos culturales pasan también a definir quién pertenece plenamente a la nación.
La defensa de la identidad nacional, el control de las fronteras o una política migratoria restrictiva no constituyen, en sí mismos, etnonacionalismo. La diferencia aparece cuando la pertenencia nacional comienza a definirse por criterios adicionales a la ciudadanía, distinguiendo entre una parte de los ciudadanos y otra que, aunque formalmente posee la misma condición, no es considerada miembro pleno de la nación.
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El etnonacionalismo no necesita modificar las fronteras de un Estado. Puede trazar otra dentro de ellas: la frontera entre "nosotros" y "ellos". Si ni la ciudadanía ni el lugar de nacimiento resultan suficientes, ¿qué falta? ¿El origen de los padres? ¿El apellido? ¿La religión? ¿El color de la piel?
El fenómeno reaparece en sociedades atravesadas por grandes movimientos migratorios, transformaciones demográficas, décadas de globalización y el debilitamiento de algunas de las identidades políticas y sociales que organizaron buena parte del siglo XX.
Europa permite observar esa tensión. Su población envejece, las tasas de natalidad son bajas y numerosos sectores de sus economías necesitan trabajadores extranjeros. Al mismo tiempo, décadas de inmigración han transformado la composición cultural y religiosa de muchas sociedades. Aparece así una paradoja: economías que necesitan inmigrantes albergan sectores sociales que perciben la inmigración como una amenaza a su identidad.
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La globalización agregó otra dimensión. Durante décadas redujo fronteras económicas, multiplicó la circulación de personas e ideas y acercó sociedades y culturas. Pero un mundo más integrado no debilitó la necesidad de identificarse y pertenecer a una comunidad propia. En algunos sectores ocurrió incluso lo contrario: cuanto más abierto e interconectado parecía el mundo, mayor fue el impulso por reafirmar aquello que los diferenciaba de los demás.
Partidos, sindicatos, iglesias y pertenencias de clase también han perdido en muchas sociedades parte de su antigua capacidad para organizar la vida colectiva. Las redes sociales permiten, además, que conceptos antes marginales —como la remigration— circulen sin intermediarios y alcancen movimientos políticos competitivos.
El etnonacionalismo ofrece frente a esas incertidumbres una respuesta aparentemente sencilla: reconstruir una comunidad homogénea alrededor de una identidad compartida.
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Viktor Orbán la formuló explícitamente. En 2017, siendo primer ministro de Hungría, afirmó que consideraba "muy importante" preservar la "homogeneidad étnica" del país y sostuvo que no se debía correr el riesgo de modificar su "carácter étnico fundamental". Orbán ya no gobierna Hungría, pero migración, identidad, demografía y pertenencia continúan ocupando un lugar central en buena parte de la política europea.
Estados Unidos ofrece una variante diferente. JD Vance introdujo una distinción reveladora al discutir la ciudadanía por nacimiento. Cuando le recordaron que Estados Unidos era un país fundado por inmigrantes, respondió que había sido fundado por "algunos inmigrantes y algunos colonos".
La elección de las palabras importa. Un inmigrante llega a una comunidad política que ya existe; un colono participa de la construcción de una nueva. Vance introducía así una idea de precedencia: antes de las sucesivas oleadas inmigratorias hubo quienes constituyeron la comunidad a la que los inmigrantes posteriores habrían de incorporarse.
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Durante el mismo intercambio sostuvo que una persona se convierte en estadounidense cuando el pueblo estadounidense la "acoge en su comunidad nacional". Ahí aparece el punto de contacto con nuestro debate: ¿basta la ciudadanía para integrar plenamente esa comunidad o existe un "nosotros" histórico anterior a quienes se incorporaron después? Vance no afirma que unos ciudadanos tengan más derechos que otros, pero sus palabras abren esa pregunta.
India ofrece otra expresión de la misma tensión. La república surgida de la independencia se construyó sobre una concepción plural: su Constitución garantizó la igualdad de los ciudadanos con independencia de su religión y reconoció la libertad de profesar credos diferentes. El ascenso del nacionalismo hindú —el Hindutva — ha tensionado esa concepción al colocar la identidad y la civilización hindúes en el centro de la idea de nación.
En un país con más de 200 millones de musulmanes, en su enorme mayoría ciudadanos indios, la pregunta resulta inevitable: ¿alcanza con ser ciudadano para formar parte plenamente del "nosotros" nacional o la pertenencia exige además compartir una determinada identidad religiosa y cultural?
Israel ofrece una variante especialmente significativa. Alrededor de una quinta parte de su población está integrada por ciudadanos árabes israelíes, con derecho a votar y ser elegidos. Sin embargo, la Ley Básica aprobada en 2018 establece que "el Estado de Israel es el Estado-nación del pueblo judío" y que "el ejercicio del derecho a la autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusivo del pueblo judío".
La distinción no pasa, por lo tanto, por la ciudadanía sino por la definición de la nación: judíos y árabes pueden compartir la ciudadanía israelí, pero la propia Ley Básica define al Estado como expresión de la autodeterminación nacional del pueblo judío.
Son experiencias diferentes, con historias, instituciones y consecuencias también diferentes. Pero todas conducen a una misma pregunta: ¿qué determina que alguien pertenezca plenamente a una nación?
Durante buena parte de la posguerra, especialmente en las democracias occidentales, la ciudadanía fue consolidándose como fundamento jurídico de la igualdad política. No eliminó las diferencias ni la discriminación. Pero afirmó un principio decisivo: el origen de una persona no debía impedir que, como ciudadano, pudiera ser reconocido como miembro pleno de la nación.
El etnonacionalismo tensiona ese principio al superponer a la ciudadanía otra idea de pertenencia, vinculada al origen, la religión, la cultura o la ascendencia. Para la Argentina, la discusión tiene una resonancia particular. Nuestra Constitución extendió desde 1853 sus beneficios "a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino". Nuestra sociedad terminó construyéndose, en buena medida, mediante sucesivas corrientes inmigratorias incorporadas a una comunidad común.
Esa historia estuvo también atravesada por exclusiones, discriminaciones y por una relación profundamente conflictiva del Estado con los pueblos originarios. No corresponde idealizarla. Pero permanece una idea poderosa: la pertenencia nacional puede construirse incorporando a quien llega y no solamente heredándose por origen.
Aquella frase sobre la selección francesa encierra una discusión que supera al futbol. Si una persona puede nacer en Francia, ser ciudadana francesa, vivir como francesa y representar a Francia, y aun así ser considerada extranjera, la cuestión ya no pasa por la ciudadanía, sino por algo diferente: quién es reconocido como parte del "nosotros". Cuando ser ciudadano deja de ser suficiente, alguien termina decidiendo quién pertenece y quién no.
Jorge Argüello. Presidente Fundación Embajada Abierta. Ex Embajador ante ONU, Estados Unidos, Portugal y Cabo Verde
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