La economía... del control remoto
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Hay que reconocerlo. La economía argentina ha logrado una hazaña extraordinaria: es el único producto del país que funciona mucho mejor por televisión que en la vida real. Uno prende el televisor y descubre una Argentina casi escandinava. Los gráficos son verdes. Las flechas apuntan hacia arriba. Los analistas sonríen con una tranquilidad franciscana. Los mercados festejan. El riesgo país baja. Las expectativas mejoran. Las variables convergen. La macroeconomía baila un vals con los indicadores. Es emocionante.
Tan emocionante que uno comete el error de apagar la televisión e ir al supermercado. Y ahí empieza el documental de terror.
Porque la góndola es profundamente antidemocrática. No vota gobiernos, no mira noticieros y jamás leyó un informe económico. Hace lo que se le da la gana. Mientras los economistas anuncian que la inflación afloja, ella decide aumentar el queso rallado, el aceite y el café para demostrar que tiene autonomía propia. La góndola es, probablemente, la última institución verdaderamente independiente de la República. Argentina.
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Uno toma una botella de aceite. Mira el precio. Vuelve a mirar la botella por si además del aceite trae un terreno en Bariloche, una lancha y acciones de alguna empresa petrolera... pero no. Es solo "purísimo aceite de girasol..." mezcla. Pero cotiza como si hubiera sido refinado con lágrimas del "Unicornio Azul".
El café ya no despierta. Produce taquicardia antes de abrir el paquete. Y si por alguna casualidad casual, te atreves a cómpralo, sabes que en cada sorbo, es equivalente a una reservación en "Punta Cana", Aruba u otro paraíso caribeño.
El queso dejó de ser un alimento. Es una inversión de riesgo. Si haces fideos, deberás saber estas desperdiciando un auto cero kilómetro, en 82 cuotas, con interés incluido. ¿Y el dulce de leche? Este pasó a integrar la categoría de bienes de lujo, junto con un reloj suizo, un departamento frente al mar, una cuenta bancaria en las Islas Vírgenes.
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Después aparecen las promociones, esa maravillosa expresión del humor argentino: "... 80% de descuento en la segunda unidad..." y uno siente que al fin las plegarias al señor, fueron escuchadas... acto seguido la letra chica de la promoción: "Beneficio exclusivo para clientes que paguen con determinada tarjeta, entre las 3.17 y las 3.24 de la madrugada, el cuarto martes de cada mes impar, utilizando una aplicación que sólo funciona si Júpiter está alineado con Saturno y el cajero desayunó de buen humor".
El descuento existe. Lo que no existe es la posibilidad de obtenerlo. Mientras tanto, la televisión insiste en que todo mejora. Y uno empieza a sospechar que existen dos economías. La economía de los estudios de televisión y la economía del changuito.
La primera habla de expectativas, la segunda habla de fideos. La primera festeja el equilibrio fiscal, la segunda busca el precio del jabón como quien busca agua en el desierto. La primera utiliza palabras como "convergencia", "ancla nominal" y "desinflación" y la segunda utiliza una sola... "í¿cuánto?!".
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Hay que admitir que el argentino desarrolló capacidades extraordinarias para sobrevivir. Memoriza precios mejor que fechas patrias. Detecta aumentos de tres mil pesos a metros de distancia. Hace cálculos mentales que dejarían sin trabajo a una calculadora científica. Y aprendió a recorrer el supermercado con la misma estrategia táctica con la que Napoleón cruzó los Alpes o San Martín los Andes.
Comprar ya no es comprar. Es una disciplina olímpica. La caja del supermercado tampoco es una caja. Es una sala de exámenes. Cuando la cajera dice el total, uno atraviesa todas las etapas del duelo. Primero niega, después protesta, luego busca una explicación filosófica. Finalmente entrega la tarjeta con la resignación de quien firma un tratado de paz después de perder una guerra.
Lo más extraordinario es nuestra capacidad para acostumbrarnos. Escuchamos durante la mañana que "el consumo se recupera" y por la tarde devolvemos un paquete de galletitas al estante porque hay que elegir entre eso o el detergente. Nos dicen que los salarios le empiezan a ganar a la inflación mientras hacemos cuentas para saber si conviene comprar medio kilo de queso o directamente sacar una foto y recordarlo con cariño.
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No importa quién gobierne. Cambian los nombres, cambian las recetas, cambian los voceros y cambian las conferencias de prensa. Pero la góndola conserva una admirable vocación opositora. Nunca coincide con el relato de nadie. Tal vez algún día ocurra el milagro. Tal vez la economía de la televisión decida visitar el supermercado. Que se conozcan. Que conversen. Que se presenten formalmente. Porque hace años que viven en el mismo país, pero parecen divorciadas.
Hasta entonces seguiremos habitando dos Argentina. La de la pantalla, donde todo mejora con una elegancia estadística digna de un premio Nobel. Y la del ticket de compra, ese pequeño pergamino interminable que, con una crueldad admirable, nos recuerda cada semana que los números pueden mentir un rato... pero la caja del supermercado jamás. Solo espero que no sea deportado, por la crítica social.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.
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