Jorge Luis Borges: en el día del Lector hay que aprender a separar sus errores políticos de la belleza de sus páginas
Por Dr. Carlos I. Scaglione Docente de la UNSE.
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Jorge Luis Borges: en el día del Lector hay que aprender a separar sus errores políticos de la belleza de sus páginas Jorge Luis Borges: en el día del Lector hay que aprender a separar sus errores políticos de la belleza de sus páginas
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Hay escritores que pertenecen a una lengua, otros a una nación y unos pocos —muy pocos— terminan perteneciendo a la literatura universal. Jorge Luis Borges pertenece a esta última categoría. Su nombre está unido para siempre a la literatura argentina, pero su verdadero territorio fue mucho más vasto: una biblioteca sin fronteras donde convivieron Homero y Shakespeare, Dante y Cervantes, las sagas nórdicas, la filosofía, el tango, la metafísica, el arrabal porteño y los laberintos de la imaginación.
Borges cambió la literatura sin necesidad de escribir novelas extensas. Le bastaron cuentos de unas pocas páginas para alterar nuestra idea del tiempo, de la identidad, de la memoria y de la realidad. Ficciones, El Aleph, El libro de arena, Historia universal de la infamia y tantos de sus poemas y ensayos convirtieron lo fantástico en una forma de pensar. Pero hay otro Borges, menos cómodo para la admiración automática: el hombre político.
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Borges fue, durante buena parte de su vida, un liberal de sensibilidad conservadora, individualista y profundamente desconfiado de las masas, del nacionalismo y de los liderazgos carismáticos. Se definió alguna vez como un "anarquista conservador" y también como un "anarquista a la manera spenceriana": desconfiaba del Estado y defendía una concepción radical del individuo.
Su anti peronismo fue particularmente intenso. La experiencia personal contribuyó a esa posición: su madre fue detenida durante el primer peronismo y Borges abandonó su puesto en una biblioteca municipal después de ser desplazado de su función. La célebre historia según la cual fue enviado a inspeccionar aves y conejos en los mercados se convirtió en uno de los episodios emblemáticos de su enfrentamiento con el régimen, aunque investigaciones posteriores han discutido algunos detalles de esa versión. Su crítica al peronismo llegó a extremos de una ironía feroz. Pero sería injusto reducir su pensamiento político a ese enfrentamiento.
Borges también fue antifascista, antinazi y contrario al antisemitismo; en su juventud incluso tuvo posiciones muy diferentes de las que adoptaría décadas después. Su itinerario político fue contradictorio y cambiante.
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Y allí aparece la gran sombra sobre su figura: Borges apoyó inicialmente el golpe de 1976 y llegó a calificar al gobierno militar como un "gobierno de caballeros". Cinco años después firmó una solicitada por los desaparecidos; rechazó la guerra de Malvinas y, después del retorno democrático, reconoció públicamente su error. En 1983 llegó a decir que la democracia argentina lo había "refutado espléndidamente". También asistió a una audiencia del Juicio a las Juntas y expresó su horror frente a los testimonios sobre la represión. No hay que ocultar esa contradicción para admirar a Borges. Al contrario: reconocerla permite comprenderlo mejor.
Porque la literatura de Borges es infinitamente más grande que sus opiniones políticas. El hombre que podía equivocarse gravemente cuando opinaba sobre la realidad inmediata era, paradójicamente, un extraordinario explorador de las grandes preguntas humanas. En Funes el memorioso, imaginó el drama de una memoria absoluta. En El Aleph, un punto contiene simultáneamente todos los puntos del universo. En La biblioteca de Babel, una biblioteca infinita contiene todos los libros posibles. En El jardín de senderos que se bifurcan, el tiempo deja de ser una línea y se convierte en una multiplicidad de posibilidades. Borges hizo algo extraordinario: convirtió ideas filosóficas en cuentos.


Y consiguió, además, algo todavía más difícil: hacer que una biblioteca universal tuviera acento argentino. En sus páginas aparecen compadritos, cuchilleros, patios, zaguanes, calles de Buenos Aires, almacenes, milongas y duelos. Pero esos elementos locales nunca quedan encerrados en el costumbrismo. El cuchillero de un suburbio porteño puede convertirse en una reflexión sobre el coraje; un gaucho puede dialogar, literariamente, con Aquiles; una esquina de Palermo puede abrir una puerta hacia el infinito.
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Esa fue quizás una de sus mayores contribuciones a la cultura argentina: demostrar que lo universal no exige abandonar lo propio.
Es difícil encontrar una metáfora más perfecta de Borges: un hombre que perdió la vista, pero siguió viendo el mundo a través de los libros. Quizás el gran aporte de Borges no sea haber creado una literatura "argentina", sino haber demostrado que desde Buenos Aires se podía conversar de igual a igual con toda la tradición occidental y, al mismo tiempo, reinventarla.
Su conservadurismo político puede discutirse, criticarse y, en algunos momentos, condenarse. Debe hacerse. Un escritor no queda eximido de sus errores por la belleza de sus páginas.
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Pero tampoco la belleza de sus páginas queda anulada por sus errores políticos.
Borges nos deja, en ese sentido, una lección incómoda: podemos admirar una obra sin convertir a su autor en una estatua. Podemos discutir al hombre y seguir leyendo al escritor. Porque acaso allí reside su verdadera grandeza.
Borges no nos enseñó solamente a leer cuentos. Nos enseñó que detrás de una historia puede esconderse un universo; que detrás de una palabra puede existir otra; que el tiempo puede ser un laberinto; que la memoria puede ser una condena; que una biblioteca puede contener el infinito.
Y sobre todo, nos enseñó algo que la cultura argentina todavía necesita recordar: no hay que elegir entre pertenecer al mundo y pertenecer a la propia tierra. Se puede ser profundamente argentino y, al mismo tiempo, universal. Borges lo consiguió desde una biblioteca de Buenos Aires.
Y quizás por eso, más de medio siglo después de sus libros fundamentales y cuarenta años después de su muerte, seguimos entrando en sus laberintos como quien vuelve a una casa que nunca termina de conocer.
Por eso, para quienes todavía no lo han leído, queda una suerte de mandato. Hay autores que se leen porque forman parte de la cultura; a Borges hay que leerlo porque después de Borges se comprende de otra manera la literatura, el tiempo, la memoria, el amor, la muerte y hasta la propia identidad.
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