Hay vida más allá de los bonos: la economía de EEUU no se come la curva y crea el triple de los empleos esperados

La actividad crece, pero los mercados desconfían. La guerra en Irán, la deuda, la inflación y la presión de Donald Trump ponen a Kevin Warsh ante su primera gran batalla en la Fed.

Por José Siaba Serrate9 min de lectura
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Hay vida más allá de los bonos: la economía de EEUU no se come la curva y crea el triple de los empleos esperados
Hay vida más allá de los bonos: la economía de EEUU no se come la curva y crea el triple de los empleos esperados

La actividad crece, pero los mercados desconfían. La guerra en Irán, la deuda, la inflación y la presión de Donald Trump ponen a Kevin Warsh ante su primera gran batalla en la Fed.

Se esperaba que el mercado de trabajo crease 55 mil empleos netos en agosto, pero el informe oficial consignó 162 mil.

La crisis acecha. La guerra en Irán recrudece, el barril del crudo Brent merodea los 96 dólares, y las tasas largas saltan en primera plana. Reina una desconfianza espesa sobre la deuda del Tesoro. No es nueva, por cierto. Hace ya quince años que S&P le quitó la calificación AAA (y después no pasó nada). Pero las razones siguen firmes ahí, sin corregir y aumentadas. El endeudamiento sumaba entonces 14,8 billones de dólares. Hoy supera los 40 billones. Su expansión no tiene freno. La política no se hace cargo del ajuste inexorable. Así que la ley de la gravedad deberá ocuparse, tarde o temprano. Un "tantrum" como el que le estalló a la Fed de Ben Bernanke en 2013 – un latigazo de 100 puntos base al alza en las tasas largas - podría servir para urgir una reacción a tiempo a manera de llamado despertador. Pero el secretario del Tesoro, Scott Bessent, que participa de las operaciones en Irán, lo vio venir. Y desactivó una convulsión con la promesa tácita de un "whatever it takes" a lo Mario Draghi que deja a los mercados (de bonos) sujetos a una corrosión lenta. Así, la tasa de 10 años subió 7 puntos base en la semana. Al borde de un ataque de nervios, pero sin sucumbir ni sufrir destrozos mayores bajo el paraguas de su eventual intervención.

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El recelo, sin embargo, no afloja. Se agrava. Y cala mucho más profundo. No se agota con el temor a una licuación del valor del dólar, ya sea por obra y gracia de una política deliberada o mera negligencia. El Banco Central de Holanda trasladó a Londres 86 toneladas de oro que tenía depositadas en EEUU y en Canadá en prevención, precisamente, "de una situación de crisis". La noticia se conoció la semana pasada, la decisión se ejecutó entre marzo y agosto. La guerra en Irán comenzó a fin de febrero. La negativa de Europa a plegarse data de marzo. Ya no solo el dólar o la deuda suponen peligro, también la simple custodia (aunque se trate de un aliado de la Otan). El riesgo geopolítico tiñe todo. El atasco en Ormuz prolonga sine die la potencial "situación de crisis". Cada vez que Trump quiere liberarse, y forcejea con Irán, la crisis latente asoma sobre la superficie. Y los mercados vuelven a tomar nota. Los mercados de deuda. La Bolsa, se sabe, vive en un mundo aparte. Sin más sobresaltos que los vaivenes que conducen a nuevos récords.

Hay vida, pues, más allá de las tribulaciones de los bonos. El mercado bull lo confirma en Wall Street. Es que la economía real – Main Street - soporta los rigores de la curva de rendimientos sin arredrarse. Creció 1,8%anualizado en el primer semestre (las compras finales del sector privado, 3%). En el tercer trimestre, el consenso espera un ritmo superior a 2%. El muy volátil pronóstico en tiempo real de la Fed de Atlanta arriesga 4,7%. La inversión, que es ultrasensible a los avatares de las tasas largas, no se resiente. El vértigo de la inteligencia artificial (IA) la apuntala con su apuro por construir la infraestructura necesaria lo más deprisa posible. ¿Es una circunstancia excepcional? Sin dudas. No durará por siempre. Eso es seguro. Y puede desembocar en un aterrizaje muy brusco. Pero lo que acecha hoy es la bonanza sostenida y no la silueta amenazante de una crisis.

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Se esperaba que el mercado de trabajo crease 55 mil empleos netos en agosto. El informe oficial consignó 162 mil. Es una cifra que se debe tomar con pinzas. En mayo, la primera lectura mensual arrojó un aumento de 172 mil puestos que se rebajó luego a 129 mil y finalmente a 63 mil. Dicho esto, las revisiones de junio y julio sumaron otros 51 mil empleos. Si se toma el promedio de los últimos seis meses, 106 mil, y se coteja con el de los últimos doce, 50 mil, se advierte una mejoría importante. En especial cuando se recuerda que la Fed debió bajar las tasas tres veces - de septiembre a diciembre de 2025- para contrarrestar las señales de una anemia incipiente en el mercado laboral. Por fortuna ya no quedan vestigios de tal debilidad. La tasa de desempleo trepó medio punto a 4,5% entre febrero y noviembre de 2025 y encendió las alarmas. En el transcurso de 2026 cayó mes a mes y se estacionó en 4,1% en julio y agosto. La ocupación es plena. Y las búsquedas laborales, si bien se retrajeron, exceden en número a las personas que hoy están en el paro.

La inflación (3,7% a julio) es la variable que se salió de escuadra y la que debe corregirse. Persiste por encima de la meta de 2% desde 2021 y su convergencia – tangible hasta comienzos de 2025 - se interrumpió por los sucesivos shocks que gatilló Trump. Primero, en los aranceles por culpa de la guerra comercial. Este año, en los precios de la energía y otros insumos por la guerra en Irán. Una economía robusta y en pleno empleo, que atraviesa una excepcional pujanza inversora debido a la IA, no debería tener problema en absorber un alza preventiva de las tasas de interés de corto plazo. Tres retoques de un cuarto de punto, por caso, devolverían la tasa al nivel que ostentaba un año atrás. Un aumento de la tasa neutral de interés también sería compatible con el auge de la IA y sus requerimientos crecientes de gasto de capital, incluso si a la postre se probase una fuerza desinflacionaria. Como señala Bessent, o el ex gobernador, Stephen Miran, el troyano que Trump introdujo el año pasado en la Fed, el ascenso de las tasas largas refleja una economía más vigorosa y no pavura por la inflación. Pero, precisamente por eso, para que siga siendo así, la política monetaria debería ser más restrictiva. La curva de la deuda del Tesoro ya ajustó no menos de 75 puntos base desde la guerra en Irán. Mientras tanto, la Fed permanece de brazos cruzados.

La Administración Trump no lo entiende así.Las tasas cortas deben reducirse. Siempre. El presidente quiere que EEUU tenga las tasas más bajas que cualquier otro país, "como en los viejos tiempos". Y la presión sobre el banco central para que desista de un aumento de tasas es formidable. El presidente, el viernes, después del informe de empleo, le exigió al directorio que baje las tasas (que, en principio, es su manera de decir que no las suba). Un día antes, el vicepresidente JD Vance había planteado lo mismo. "Es lo que corresponde y lo responsable", sentenció. Trump fue más allá. Ofreció un trueque inédito. "Bajen las tasas o dejo de comerciar con los países con los que EEUU tiene déficit". El secretario Bessent – "con Warsh estamos en la misma página en materia de bonos" – señaló que lo usual era que la Fed no subiera las tasas como respuesta a un shock de oferta (adverso). Claro que el boom de la IA es un shock favorable de oferta (y también de demanda, todavía más urgente). ¿Qué es lo que pasa? La Casa Blanca que dudó siempre de la Fed, ¿empieza a dudar de la voluntad de Warsh, después de su postura más agresiva en Jackson Hole? La Fed podría tener que subir las tasas, dijo, si la inflación no se desacelera pronto.

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La pérdida de confianza en la deuda del Tesoro y la erosión de la credibilidad de la Fed, juntas, son dinamita. Bastó escuchar al gobernador Chris Waller repetir lo dicho por Kevin Warsh en la fallida reunión de julio para acreditar el desgaste prematuro de la palabra del chairman. Waller anticipó que votará por dejar las tasas como están si la inflación mejora. Y si no es así, propiciará un aumento. ¿No es acaso lo que dijo Warsh? Sí, pero a Waller le creyeron. Al chairman, no. Y el cimbronazo que provocó en el tramo largo de la curva de bonos obligaría luego a la intervención de Bessent. En otras palabras, los mercados descuentan que la marcha de la inflación es una excusa, que Warsh encontrará razones para no tocar las tasas. Quizás Trump piense exactamente lo mismo, pero presiona porque desconfía de que pueda imponer su autoridad sobre el resto de la Fed.

Visto así, la reunión del banco central del 15 y 16 será un campo de batalla más traicionero que Waterloo. Bessent puede evitar una colisión si convence a Trump de pactar / simular una tregua en el Golfo que descomprima el pasaje por Ormuz (y los precios de la energía), y le proporcione una coartada a Warsh justo a tiempo. Por lo menos para poder llegar hasta la elección de noviembre sin alteraciones. Si no es así, Warsh atravesará una prueba de fuego. Y rompa o no la pax con la Administración que lo promovió, o lo haga con los mercados, deberá mantener alineada a (una mayoría de) la Junta de Gobernadores para no arruinar su liderazgo. Ya se vio el predicamento de Waller. En el marco de lo razonable, puede defender los mismos argumentos, justificarlos mejor, generar otra escucha y trocar el rechazo por aprobación. Alguien así le resultará más útil que las cinco fuerzas de tareas que constituyó para construir agenda. Michael Barr, con menos repercusión, se posicionó igual que Waller. El sostén de John Williams ya lo tiene (quien, aunque no es miembro de la Junta, maneja la crucial mesa de operaciones). Desde ya, Jerome Powell sería su aliado tácito (o no) más valioso. Nadie duda de su independencia. Conoce al detalle el desafío que le espera a Warsh. De momento, guarda silencio absoluto, pero algún día hablará. Qué mejor escudero podría encontrar. Powell ya no compite con él. Es al revés: todavía Warsh pretende medirse contra el trío Powell, Yellen y Bernanke. Por eso mismo es el nuevo chairman quien debe decidir de qué lado quiere ubicarlo.

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