El infarto ocurre en minutos, pero se desarrolla durante años
Por Dra. Yanina Cangelosi Alba
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Un infarto puede comenzar de manera súbita, pero rara vez surge de la nada. Durante años, la hipertensión arterial, la diabetes, el tabaquismo, el sedentarismo, el colesterol y los triglicéridos elevados, junto con otros factores de riesgo, pueden lesionar silenciosamente las arterias coronarias.
El problema es que el cuerpo tiene una enorme capacidad para adaptarse. Compensa, reorganiza y mantiene el equilibrio durante mucho tiempo. Por eso, muchas personas se sienten bien mientras la enfermedad avanza. Hasta que una placa de colesterol acumulada en la pared de una arteria se rompe. Entonces puede formarse un coágulo que obstruye el paso de la sangre y deja a una parte del corazón sin oxígeno. La prevención comienza mucho antes de la urgencia: cuando todavía no hay dolor, pero sí existe riesgo.
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Según el Registro Nacional de Infarto ARGEN-IAM-ST, la edad promedio de los pacientes con este tipo de infarto se sitúa alrededor de los 61 años, con una variación aproximada de 12 años. Pero un promedio no es una frontera: el corazón no espera a que cumplamos una edad determinada. Cuando varios factores de riesgo se acumulan, la enfermedad coronaria puede manifestarse mucho antes.
De hecho, el proceso que termina obstruyendo una arteria puede haber comenzado décadas atrás. Por eso, esperar hasta los 60 años para controlar la presión arterial, el colesterol o la glucemia sería desaprovechar una oportunidad valiosa de prevención.
En algunos hombres, la disfunción eréctil persistente puede ser una de las primeras manifestaciones de daño vascular. Esto no significa necesariamente que exista una obstrucción coronaria, pero sí que conviene evaluar la presión arterial, el colesterol, la glucemia y los demás factores de riesgo cardiovascular.
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La buena noticia es que una parte importante de ese riesgo puede modificarse. La prevención cardiovascular no consiste en perseguir una vida perfecta ni en vivir bajo prohibiciones, sino en sostener decisiones saludables a lo largo del tiempo.
Una alimentación basada principalmente en vegetales, con frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas, contribuye al control de la presión arterial, el colesterol y la glucemia. También es importante reducir el consumo habitual de productos ultraprocesados, el exceso de sal y azúcares, las bebidas energéticas y las grasas saturadas, presentes especialmente en carnes, embutidos, manteca, crema, quesos y numerosos productos industriales.
El ejercicio regular mejora la circulación, la presión arterial y la sensibilidad a la insulina.
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Caminar, pedalear debería complementarse con ejercicios de fuerza, porque conservar la masa muscular también protege la salud metabólica y ayuda a mantener la autonomía a lo largo de los años.
Dormir adecuadamente, limitar el consumo de alcohol, abandonar el tabaco, evitar el uso de sustancias estimulantes y aprender a manejar el estrés completan una estrategia que debe adaptarse a cada persona. Y cuando los cambios de hábitos no alcanzan, los medicamentos bien indicados no representan un fracaso, sino una herramienta para reducir el riesgo.
Pero prevenir no significa solamente evitar el dolor de un infarto. También significa reducir las secuelas que pueden quedar después.
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Cuando una arteria permanece obstruida, cada minuto cuenta. La falta de oxígeno comienza a dañar el músculo cardíaco y puede dejar como consecuencias insuficiencia cardíaca, arritmias graves o una pérdida permanente de la capacidad funcional. En algunos casos, el infarto puede producir un paro cardíaco antes de que la persona llegue al hospital.
Por eso, evitar el primer infarto sigue siendo uno de los objetivos centrales de la prevención cardiovascular. Y, cuando no logra evitarse, reconocer los síntomas y pedir ayuda de inmediato puede cambiar el desenlace. Cuando aparecen los síntomas, cada minuto cuenta
El infarto no siempre avisa como imaginamos. Reconocer sus distintas formas y pedir ayuda sin demora puede salvar el corazón y también la vida.
El síntoma más conocido es una molestia en el centro del pecho, que puede describirse como presión, opresión, peso, ardor o la sensación de que algo aprieta. Puede durar varios minutos, desaparecer y regresar, y extenderse hacia uno o ambos brazos, los hombros, la espalda, el cuello, la mandíbula o la parte superior del abdomen.
También pueden aparecer falta de aire, sudor frío, náuseas o vómitos, mareos, debilidad intensa, palpitaciones, sensación de desmayo o una angustia repentina difícil de explicar. El dolor no siempre es intenso ni se presenta como una escena dramática. En personas mayores, personas con diabetes o con determinadas neuropatías, el infarto puede provocar pocos síntomas o manifestarse principalmente como falta de aire, confusión o decaimiento.
En las mujeres, el dolor torácico continúa siendo el síntoma más frecuente. Sin embargo, es relativamente más común que se acompañe —o que quede en segundo plano— frente a la falta de aire, las náuseas, las molestias en la espalda, los hombros o la mandíbula, los mareos y un cansancio inusual. Algunas mujeres describen presión en la parte superior de la espalda o una debilidad diferente de su cansancio habitual.
Por eso, no hay que esperar a que aparezca el "dolor de película". Ante una molestia nueva en el pecho, falta de aire repentina, sudor frío, náuseas o dolor en la mandíbula, la espalda o los brazos —especialmente si existen factores de riesgo—, se debe solicitar asistencia médica de inmediato. No conviene conducir hasta el hospital, esperar a que pase ni automedicarse. En un infarto, el tiempo perdido también puede significar músculo cardíaco perdido.
Acercar la ciencia a todos mejora la salud pública. Podés dejar tus preguntas o proponer en los comentarios los temas de salud que te gustaría encontrar en esta columna durante los próximos domingos.
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