El "experimento Javier Milei" se probó en Polonia: ¿cómo funcionó?
¿Puede un país pasar de pobre a rico? La experiencia de Polonia ofrece una respuesta. Cómo dejó atrás el socialismo, impulsó un giro económico histórico y qué tan replicable es ese modelo en la Argentina.

¿Puede un país pasar de pobre a rico? La experiencia de Polonia ofrece una respuesta. Cómo dejó atrás el socialismo, impulsó un giro económico histórico y qué tan replicable es ese modelo en la Argentina.
Estoy escribiendo estas líneas en un café a los pies de un alto edificio con el logo de la consultora Ernst & Young, en la ciudad de Varsovia, Polonia. Uno diría que estoy en Europa del Este, pero otros argumentarán que se trata de Europa Central.
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Debates geográficos aparte, como lo muestra el primer gráfico de esta columna, sobre una muestra de 12 países europeos situados al este de Alemania y Austria, en 1990 Polonia era el segundo país más pobre de toda la lista (medido por PBI per cápita ajustado por inflación y poder de compra de cada país). Para el año 2024, Polonia se encontró, de arriba para abajo, solo detrás de Chequia y Lituania. Una salvedad, en 1990 Polonia tenía el 46% del PBI per cápita de Chequia, mientras que en 2024 se había catapultado al 94%.
¿Qué fue lo que pasó? Que tras una "Mesa Redonda" de negociaciones entre el partido comunista, liderado entonces por el dictador polaco Wojciech Witold Jaruzelski, el movimiento sindical "Solidaridad", liderado por el obrero Lech Walesa y representantes de la Iglesia Católica, Polonia abandonó el comunismo y abrazó primero la democracia y, meses después, la economía de mercado.
El pasaje de Polonia desde una economía que había seguido al pie de la letra el libreto de Marx a una economía basada en la propiedad privada y la competencia es fascinante, no solo por los resultados que generó, sino también por la forma en la que se llevó a cabo. Y también lo es por los relevantes paralelismos que pueden trazarse entre la transición polaca y la nueva política económica que impulsa Javier Milei.
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Empecemos con la herencia recibida. Según explica Marek Belka, exministro de finanzas entre 1997 y el 2000 y exprimer ministro de Polonia entre 2004 y 2005, por la "Alianza de la izquierda democrática": "El punto de partida de las reformas era (…) extremadamente desfavorable. La economía polaca padecía todas las deficiencias típicas de la planificación centralizada: estructuras profundamente distorsionadas, incluidos los precios; escasez generalizada; una enorme mala asignación de recursos; y una falta de iniciativa e innovación en las empresas estatales. Además (…) Polonia heredó del período socialista una enorme deuda externa y una elevada inflación que, hacia fines de 1989, se aproximaba a niveles de hiperinflación".
En efecto, la tasa de inflación en Polonia había pasado de 26% en 1987, a 59% en 1988, para saltar a 245% y 567% en 1989 y 1990. Para Leszek Balcerowicz, el primer ministro de finanzas post caída del comunismo, y arquitecto de las reformas (a quien tuvimos el gusto de conocer personalmente estos días), "el socialismo es una catástrofe, porque frena la economía y genera dictadura".
Cuando le preguntamos sobre cómo había pensado en hacer reformas pro mercado en Polonia, contestó que se inspiraba en los casos de éxito que ya en 1989 mostraban que el capitalismo era superior al comunismo. En cuanto a sus influencias intelectuales, mencionó a Mises y Hayek, dos decanos de la llamada "escuela austriaca de economía". ¿Suena familiar?
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Leszek Balcerowicz exponiendo sobre las reformas pro mercado en la Polonia post comunista.
Para abordar la alta inflación, el estancamiento económico, la falta de productos en los supermercados y los faltantes de energía, Balcerowicz apostó por una política de shock. Belka cuenta que "la mayoría de los precios fueron liberados de inmediato; se eliminaron el racionamiento de bienes y de divisas; y se introdujo la convertibilidad interna del esloti". Además, se eliminaron "la mayor parte de los subsidios; se redujo el gasto público y se endureció drásticamente la política monetaria (…) Los tres precios más importantes fueron fijados en niveles realistas: las tasas de interés, el tipo de cambio y los precios de la energía".
Obviamente, en el corto plazo la liberación de precios generó un salto de la inflación, una caída del 20% en los salarios reales y una contracción del PBI del 7,2% en 1990 y de otra de 7% en 1991. Además, al abrirse a la competencia, las ineficientes empresas estatales comenzaron a reestructurarse, lo que generó un salto en la tasa de desempleo que pasó de un virtual cero a superar el 10%.
Es interesante que, dentro de este paquete de shock liberalizador, las empresas estatales tardaron en privatizarse. Sin embargo, se reorganizaron rápidamente para incrementar su eficiencia. Según Belka, esto ocurrió antes de su privatización por dos motivos: "Una política macroeconómica consistente y cada vez más creíble, y la promesa de la privatización futura. El primero redujo la expectativa de un rescate automático por parte del Estado (…) Sin un esfuerzo por adaptarse a las nuevas circunstancias, las posibilidades de supervivencia se volvieron muy limitadas. El segundo llevó a los directivos de las empresas a pensar en su reputación y en la importancia que esta tendría para su futura carrera profesional".
En Argentina no se han privatizado tantas empresas estatales como el Gobierno habría querido, pero es cierto que una política macroeconómica más sensata y la marginal apertura a la competencia extranjera está generando un fenómeno similar en varios sectores productivos.
Por otro lado, el aumento de la mora crediticia, algo que aparece a menudo en las noticias financieras del país, también ocurrió en la Polonia post-comunista. Los créditos en situación de pago irregular llegaron a alcanzar el 30-40% de la cartera de los bancos más importantes. No hubo crisis bancaria.
Polonia pasó de una casi hiperinflación de 567,9% en 1990 a una de 77% en 1991. Sin embargo, recién en 1999 alcanzó una inflación de un dígito. En un principio experimentó con un tipo de cambio fijo, que posteriormente fue actualizándose para no atrasarse mucho frente a la inflación. A pesar de los esfuerzos, el tipo de cambio real de Polonia fue cayendo sistemáticamente después del abandono del comunismo y la adopción de una política pro mercado.
Entre 1990 y el año 2007, el tipo de cambio real contra el dólar había caído nada menos que un 68,2%. Para Belka esto representaba una preocupación incluso 10 años después de comenzada la transformación, pero al mismo tiempo entendía que "cuanto más éxito tiene una economía nacional en la lucha contra la inflación, la recuperación de la estabilidad fiscal, etc., más atractiva se vuelve para los inversores extranjeros y mayor es la presión hacia la apreciación de la moneda nacional".
Es decir, el "atraso cambiario" argentino no es tanto una política deliberada del Gobierno, sino más bien el resultado de la credibilidad del ajuste y la vocación transformadora, un aspecto que comparten muchos países que han logrado con éxito estabilizar su economía.
Polonia adoptó políticas de shock para abandonar la planificación central de la economía y abrazó la propiedad privada para generar mejores incentivos a la inversión y la innovación. Los resultados fueron impresionantes.
Sin embargo, unos años después de la caída del régimen, un partido de izquierda "post-comunista" retomó el poder tras ganar las elecciones. ¿Revirtieron los cambios? De ninguna manera, y aquí estuvo la clave del éxito. Dado que las reformas pro mercado gozaron de un amplio apoyo popular, ningún político se animó a hacer campaña en contra de ellas.
¿Podrá el experimento Milei correr la misma suerte de Polonia? Depende de una sola variable: que la nueva política genere un consenso popular tan fuerte que nadie se atreva a hacer campaña amenazando con tirar todo por la borda. Por ahora, parece que vamos por el buen camino. Ojalá sigamos en él.
Investigador Asociado del centro FARO de la Universidad del Desarrollo (Chile), profesor adjunto FCE-UBA y consultor de empresas.
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