El deudor más poderoso del mundo

La deuda de EEUU supera los u$s40 billones, pero el dominio del dólar y la profundidad de sus mercados le permiten sostener un nivel de endeudamiento excepcional. El desafío está en que sus acreedores también tienen capacidad para modificar, gradualmente, las condiciones de financiamiento.

Por Jorge Argüello5 min de lectura
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El deudor más poderoso del mundo
El deudor más poderoso del mundo

La deuda de EEUU supera los u$s40 billones, pero el dominio del dólar y la profundidad de sus mercados le permiten sostener un nivel de endeudamiento excepcional. El desafío está en que sus acreedores también tienen capacidad para modificar, gradualmente, las condiciones de financiamiento.

Estados Unidos conserva el privilegio de endeudarse en dólares, pero depende de que gobiernos, bancos centrales e inversores continúen comprando sus bonos.

Estados Unidos es el país más endeudado del mundo. También es el emisor de la principal moneda de reserva, administra el mercado financiero más profundo del planeta y coloca sus bonos en las carteras de gobiernos, bancos centrales e inversores de casi todas las latitudes. La aparente contradicción encierra una de las claves del poder contemporáneo: ser deudor no significa necesariamente ser débil.

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La deuda pública estadounidense supera los 40 billones de dólares (40 trillion). Una cifra difícil de imaginar y que, aplicada a casi cualquier otro país, despertaría inmediatamente preguntas sobre su capacidad de pago. Estados Unidos juega con otras reglas. Se endeuda en la moneda que él mismo emite y sus bonos del Tesoro siguen funcionando como uno de los principales activos de reserva y refugio del sistema financiero internacional.

Ese privilegio constituye una formidable fuente de poder. Pero tiene una contracara que suele recibir menos atención: para que exista un deudor tiene que haber un acreedor. Y el acreedor también ejerce poder.

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Japón, China, el Reino Unido y otros grandes tenedores extranjeros acumulan enormes carteras de títulos del Tesoro estadounidense. Durante años, esa realidad alimentó una interpretación tentadora: China podría utilizar sus reservas como un arma financiera y, en medio de una confrontación con Washington, desprenderse masivamente de sus bonos.

El argumento tiene impacto político, pero poco sustento económico. Una venta abrupta y masiva dañaría también a China. Haría caer el precio de los títulos que todavía conservara, alteraría los mercados financieros, podría apreciar su propia moneda y, sobre todo, obligaría a Beijing a responder una pregunta nada sencilla: ¿dónde colocar cientos de miles de millones de dólares con una combinación comparable de seguridad, liquidez y profundidad? La interdependencia funciona precisamente así. Limita a ambas partes.

Pero que China no pueda desprenderse masivamente de sus bonos sin pagar también un costo no significa que carezca de influencia como acreedor. Su poder es menos espectacular, pero más concreto: puede reducir gradualmente su exposición, diversificar sus reservas, comprar oro, modificar los plazos de los activos que mantiene y, sobre todo, decidir comprar menos deuda estadounidense nueva.

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Allí aparece una diferencia fundamental: el poder del acreedor no consiste solamente en vender. También consiste en decidir cuánto está dispuesto a seguir prestando.

Estados Unidos necesita colocar regularmente cantidades extraordinarias de deuda para financiar sus déficits y refinanciar los vencimientos. Mientras exista una demanda abundante, el mecanismo funciona con relativa comodidad. Pero si los compradores reclaman mayores rendimientos para absorber una oferta creciente, el costo de financiamiento aumenta. Y cuando el stock de deuda supera los 40 billones de dólares, incluso pequeñas variaciones en las tasas terminan teniendo consecuencias fiscales enormes.

Japón y China son particularmente interesantes porque muestran dos dimensiones diferentes del fenómeno. Japón continúa siendo uno de los mayores tenedores extranjeros de Treasuries. China, en cambio, viene reduciendo desde hace años el peso de esos activos dentro de sus reservas. No abandonó el mercado estadounidense. Tampoco parece tener incentivos para hacerlo abruptamente. Está diversificando. Esa conducta dice mucho más sobre el mundo actual que la imagen espectacular de Beijing arrojando bonos estadounidenses al mercado.

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Estados Unidos y China compiten por tecnología, comercio, inversiones, cadenas de suministro, inteligencia artificial, semiconductores y capacidad militar. Washington intenta reducir determinadas dependencias respecto de Beijing y China hace exactamente lo mismo respecto de Estados Unidos. Sin embargo, ambos continúan unidos por una extensa trama financiera y comercial. No es una anomalía. La interdependencia es una característica del nuevo escenario internacional.

Durante buena parte del siglo XX pensamos el poder fundamentalmente en términos de capacidades militares, territorio, población o recursos naturales. La globalización agregó otras dimensiones. Las cadenas de suministro pueden convertirse en instrumentos de presión. La tecnología puede crear dependencias. Las monedas pueden ser utilizadas como herramientas de política exterior. Y también las relaciones entre acreedores y deudores forman parte de esa geografía del poder.

Estados Unidos conserva una ventaja excepcional. Ningún otro país dispone simultáneamente de su moneda, sus mercados financieros, la escala de su economía y la confianza acumulada por sus instituciones. El dólar continúa ocupando un lugar que ni el euro ni el renminbi están hoy en condiciones de reemplazar. Esa ausencia de alternativas explica buena parte de la capacidad estadounidense para financiarse. Pero privilegio no significa inmunidad. Cuanto mayor sea la deuda que Washington necesite emitir, mayor será también la importancia de quienes estén dispuestos a absorberla. No hace falta que los acreedores conspiren, coordinen sus movimientos ni amenacen con abandonar el dólar. Basta con que cambien gradualmente sus preferencias para que el precio del financiamiento estadounidense pueda cambiar con ellas.

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La paradoja es entonces más profunda de lo que parece. Estados Unidos ejerce poder porque el mundo necesita dólares y Treasuries. Pero el mundo también ejerce una forma de poder porque Estados Unidos necesita que continúe necesitándolos. En las relaciones internacionales, acreedor y deudor rara vez pueden prescindir uno del otro. Mucho menos cuando los montos involucrados alcanzan estas dimensiones.

Estados Unidos seguirá siendo, previsiblemente, el deudor más poderoso del mundo. Pero incluso el deudor más poderoso necesita acreedores. Y quizás una de las señales más importantes de esta época no sea observar quién vende sus bonos, sino quién está dispuesto a seguir comprándolos.

Presidente Fundación Embajada Abierta, ex Embajador ante ONU, Estados Unidos, Portugal y Cabo Verde.

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