"Culpas y responsabilidades", el nuevo libro que expone cómo opera el individualismo para desligarnos del compromiso

Ámbito dialogó con su autor, Daniel Feierstein, que cerró una trilogía para definir las consecuencias vigentes de los genocidios y el desafío de volver a hacernos cargo de la comunidad que integramos.

Por Fernando Brovelli8 min de lectura
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"Culpas y responsabilidades", el nuevo libro que expone cómo opera el individualismo para desligarnos del compromiso
"Culpas y responsabilidades", el nuevo libro que expone cómo opera el individualismo para desligarnos del compromiso

Ámbito dialogó con su autor, Daniel Feierstein, que cerró una trilogía para definir las consecuencias vigentes de los genocidios y el desafío de volver a hacernos cargo de la comunidad que integramos.

Ilustración de tapa de "Culpas y responsabilidades".

Sentir vergüenza tiene mala prensa, seguramente porque a lo largo de la historia se impuso sobre algunos sujetos para conducirlos hacia un status quo, mientras a otros se los eximía de vivenciarla para que puedan imponer sus patrones sobre los "descarrilados". Sin embargo, invocarla en la actualidad podría colaborar a desnaturalizar lo que ya corrió ciertos límites que se percibían como elementales, y así desencadenar dos elementos fundamentales para una concordia social, que además le dan el título al último libro del sociólogo Daniel Feierstein: "Culpas y responsabilidades".

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En el tercer título de la trilogía editada por el Fondo de Cultura Económica, que incluye Memorias y representaciones (2012) y Juicios (2015), el autor continúa revelando su interés en iniciar procesos que puedan aprender de lo que nos sucedió para interpretar las operaciones contemporáneas que, con distintos instrumentos y nuevos modales, quebrantan un sentido de comunidad y provocan que el apego democrático parezca demodé. Aunque su obra refiere al terrorismo de Estado que se desplegó entre 1976 y 1983, su ensayo cala en la actualidad y recuerda que para que exista una responsabilización sobre los propios actos primero tiene que transitarse un proceso de pudor, vergüenza y culpa.

El planteo es que existe una noción extendida de "culpa cero" para desprenderse de elementos de la tradición judeocristiana, que incluso se expresa en Estados que se anclan en el laicismo para la proyección de su destino. Esto sólo "ha colaborado en la construcción de una subjetividad que no considera necesario ejercer reparación alguna por las acciones que pudieran afectar a otros", en palabras de Feierstein. Si eso se cruza con la garantía de anonimato que ofrecen las plataformas digitales y la impúdica cotidianidad de agresiones en el discurso público, el horizonte que se presenta parece llevar a la desconfianza en el otro, la fragmentación y el deterioro de las condiciones de posibilidad para determinar una autoridad.

Este proceso pareció tender a que las personas alcancen "liberarse de las ataduras que genera el reconocimiento de la existencia de un otro". ¿Qué tiene que ver con el genocidio? Que la operación que aplican los perpetradores consiste en eximirse de la vergüenza de cometer actos que rompen con los límites de una convivencia. "Es muy significativo que se presenten tan escasos los reportes de la existencia de culpa o vergüenza en quienes formaron parte de una práctica social genocida", se lee, lo que permite pensar un ejemplo práctico: ¿A cuántos detenidos por delitos de lesa humanidad escuchamos admitir que estuvo mal secuestrar bebés, lanzar personas dopadas desde aviones o realizar indagatorias con picanas?

Daniel Feierstein.

El libro abre perspectivas para pensar el rol que debe ocupar una nueva generación en la reflexión del pasado nacional pero, principalmente, desafía a entender que la comunidad es incómoda y que no nos debe resultar ajena: esa cárcel, ese recital y esa misa determina la identidad nacional que compartimos. Ámbito dialogó con Daniel Feierstein para conocer qué heredamos del terrorismo de Estado y qué pendientes tenemos para pensarlo.

Periodista (P.): Esto es parte de una trilogía y en el medio tuvo otros libros, así que no pudo calcular en qué momento finalmente se iba a publicar, ¿qué aporte siente que tiene "Culpas y responsabilidades" con esta coyuntura?

Daniel Feierstein (D.F.): Fueron apareciendo otras cuestiones que me parecían urgentes y llevaban un tiempo de desarrollo, como la versión recargada de la teoría de los dos demonios, del fascismo como fuerza política y la pandemia. Este libro terminó apareciendo en un momento donde el debate sobre la responsabilidad es mucho más que su rol en la elaboración de un proceso de genocidio, y eso parece ser como un desafío enorme que tiene que ver mucho con la construcción de una subjetividad irresponsable. Creo que ese es uno de los fenómenos más importantes de esta época en el occidente moderno.

P.: ¿Percibe que esta noción, que puede ser hedonismo o falta de responsabilización de distintas cuestiones comunitarias, está determinada por narrativas actuales y principalmente por el formato digital?

D.F.: Sí, pero yo diría que va mucho más allá. El formato digital obviamente que colabora, pero me parece que hay un fenómeno que es previo y que nace en los '90, en el que se estaba construyendo un proceso -de la mano del neoliberalismo- de extrema individualización, para ir quebrando la lógica del funcionamiento cooperativo. Eso, que parecía más acotado en su momento, cuando van pasando los años se observa que el resultado de esos procesos tiene que ver con quebrar algo de la condición de posibilidad de las relaciones de cooperación, que es esta secuencia de pudor, vergüenza, culpa y responsabilidad.

Se busca quebrar todo un conjunto de emociones que llevó siglos construir en el proceso de civilización humana. Más que lo digital es la virtualización: hay toda una cantidad de procesos que tienen que ver con emociones y el cuerpo a cuerpo, como sonrojarse o perder la voz. Entonces la virtualización de los lazos sociales facilita el quiebre de esas emociones y empieza a ser más sencillo construir una subjetividad que es capaz de no sentirse culpable por nada y por lo tanto de no sentirse responsable. Esto va mucho más allá del proceso genocida y lo transforma en un fenómeno de transformación contemporánea mucho más global, y que es uno de los nudos centrales de las transformaciones subjetivas del presente.

P.: En la subjetividad aparece algo macro que define como el "proceso de manipulación del deseo", que impacta en la culpa, ¿pero qué espacio habilita para responsabilizarnos?

D.F.: Aparecen varias cosas ahí. Por un lado, esta lógica de un deseo que está puesto en clave de consumo mercantilizado, con una permanente incitación a tener más. Por otro lado, hay un recorrido que es la destrucción del deber ser y lo que aparece ahora es justamente una visión mucho más cínica y pesimista, en el que su sufrimiento pasa por otro lado y desde ese lugar no se puede hacer responsable. No hay una constitución en función de buscar un ideal, sino en una identidad victimista, de tratar de vincularse con la realidad en función de qué me debe el resto.

P.: A partir de eso, usted menciona la dificultad para generar un mecanismo de autoridad, ¿colabora denominar dictadura o fascismo a gobiernos electos en esta elaboración concreta de una autoridad?

D.F.: Efectivamente creo, y es un problema para el discurso progresista, que lo que se ha desarmado de la mano del neoliberalismo es esta noción de la autoridad entendida como la capacidad de la norma para producir igualdad. Eso requiere niveles importantes de autoridad, sobre todo si uno quiere confrontar con la desigualdad y ponerle límite al poder.

Después creo que es muy distinta la dictadura al fascismo, justamente porque los fascistas debieron en determinado momento cancelar el funcionamiento del sistema democrático por el que fueron electos. Ahí hay una diferencia muy importante y el fascismo es absolutamente estructural en las nuevas derechas, entendido como esa capacidad de irradiación horizontal de nuestras emociones más negativas en clave de proyección. Por eso es importante señalar a la autoridad y la diferencia con el concepto de dictadura, que implica un quiebre del funcionamiento institucional y un modo más vertical del ejercicio del poder.

P.: Por supuesto que nosotros no estamos en un proceso de genocidio actualmente en la Argentina, pero ¿observa alguna apuesta identitaria actualmente?

D.F.: En el caso argentino, no tenemos ni una posibilidad, ni una propuesta genocida que aparezca en el horizonte, como se ve en otros casos, como lo que ocurre con Netanyahu actualmente. Eso no quiere decir que el genocidio sea la única manera de plantear una transformación identitaria, y es interesante como efectivamente como esta nueva derecha sí propone una transformación subjetiva; lo que pasa es que no lo hace hegemónicamente en la modalidad genocida: no es a través del terror como herramienta fundamental, sino que es mucho más a través de esa manipulación del deseo y de esa individualización extrema.

P.: ¿Qué responsabilidades observa usted que tienen los nacidos a partir del 2000 sobre la elaboración del genocidio que ocurrió en nuestro país?

D.F.: El desafío que tienen es el de volver a interpelarnos. En la Argentina fue muy interesante lo que ocurrió a mediados de los '90 y comienzos de los 2000 cuando aparece la interpelación de la segunda generación, la de los hijos, que permiten poder avanzar sobre la teoría de los dos demonios, que había sido lo hegemónico en la generación que vivió el genocidio. Ahora tenemos un desafío que es el de esta tercera generación, la de los nietos, y creo que ahí la gran pregunta es qué van a ser capaces de hacer, cuán representativos van a ser de su generación y qué interpelación van a construir sobre sus padres.

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