Con bombos y parlantes, Tucumán festejó toda la madrugada el pase de Argentina a semifinales

Tras el agónica 3 a 1, miles de tucumanos coparon la Plaza Independencia. La fiesta siguió por la peatonal Mendoza y la esquina de 25 de Mayo.

Por Victoria Reinoso3 min de lectura
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Con bombos y parlantes, Tucumán festejó toda la madrugada el pase de Argentina a semifinales
Con bombos y parlantes, Tucumán festejó toda la madrugada el pase de Argentina a semifinales

Resumen para apurados

No habían pasado ni unos segundos desde el pitazo final del árbitro João Pinheiro cuando Tucumán estalló. Desde distintos barrios comenzaron a escucharse bombas de estruendo, bocinazos y gritos que confirmaban lo que millones esperaban: Argentina había derrotado 3 a 1 a Suiza después de más de 120 minutos de sufrimiento y estaba otra vez en las semifinales del Mundial.

Como en cada triunfo de la Selección, la celebración volvió a tener un mismo destino. Mientras unos corrían hacia el centro con la camiseta todavía puesta, otros llegaban haciendo sonar las bocinas de sus vehículos. En pocos minutos, miles de tucumanos coparon la Plaza Independencia, que otra vez se transformó en el corazón del festejo.

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Esta vez, sin embargo, el operativo policial apareció desde el primer minuto. Efectivos de la Motorizada y de otras divisiones ocuparon las escalinatas de la Casa de Gobierno y controlaban que nadie ingresara con bebidas alcohólicas.

Entre los primeros en llegar estuvieron Ariel Alarcón, su mamá Ramona González y su hijo Agustín. "Fue impresionante. Vivimos todos los partidos a flor de piel, pero siempre con la confianza de que la Selección va a sacar algo más", contó Ariel. En su familia manda la cábala. "No nos ponemos la camiseta, no agarramos la corneta, nada antes del partido. El televisor quedó prendido porque salimos corriendo. Recién con el tercer gol dijimos 'listo' y agarramos todo para venir a festejar", relató entre risas.

A pocos metros, Álvaro Pérez y Cristian Quiroga seguían repasando las jugadas del partido. Todavía no salían del sufrimiento que había significado la clasificación. "Si seguimos avanzando así, llegamos al infarto seguro", bromeó Álvaro. "Ya gritábamos los despejes de Otamendi como si fueran goles", agregó Cristian. Entre los dos ya empezaban a mirar lo que viene. "Inglaterra tiene un equipazo, pero nosotros también tenemos con qué", coincidieron.

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La verdadera fiesta arrancó con los bombos

Al principio los festejos fueron tranquilos. Primero aparecieron las banderas, después las vuvuzelas y, más tarde, una enorme bandera celeste y blanca volvió a recorrer la plaza entre decenas de personas que la sostenían desde los bordes. Hasta ese momento había bocinas y abrazos. Los bombos terminaron de encender la noche.

Bautista Jerez y Santino Manrique, estudiantes de la Escuela Normal, llegaron con sus instrumentos y en pocos minutos armaron una ronda que terminó convocando a cientos de personas. "Muchachos", "El que no salta es un inglés" y otros clásicos comenzaron a sonar una y otra vez mientras la gente saltaba alrededor de ellos.

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No tardaron en aparecer las bengalas celestes y blancas. Un chico con un gorro de la Selección se sumó a tocar el bombo, después se sumó otro y el pogo terminó ocupando buena parte de la plaza. El calor, los abrazos y los cantos hicieron olvidar por un rato las más de dos horas de tensión que había dejado el partido.

Camila Portuese, de 22 años, llegó con una bandera al cuello y una vincha albiceleste que, según contó, apareció por casualidad. "Pinché una goma del auto minutos antes del partido. Encontré esta vincha y la bandera en el auto y vine así", explicó. El partido lo siguió junto a su familia en la pantalla gigante del Parque Avellaneda.

"Al principio estaba tranquila; después me agarraron los nervios y terminé hiperfeliz. Lo más gracioso es que dije que ganábamos 3 a 1... y salió exactamente ese resultado", dijo y sumó entre risas: "Medio bruja". Después de acertar el resultado, ya pensaba en Inglaterra. "Contra ellos va a dar miedo, pero estoy segura de que les vamos a ganar."

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Cuando la plaza empezó a vaciarse, la fiesta simplemente cambió de lugar. Los bombos enfilaron por calle 25 de Mayo y detrás se armó una caravana espontánea que terminó en la esquina de Mendoza. Allí, alrededor de un parlante, cientos de personas siguieron cantando y bailando.

La clasificación terminó cerca de la medianoche. El festejo siguió hasta el amanecer. Después de 120 minutos de sufrimiento, nadie tenía ganas de volver a dormir.

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