El fósforo se agota y los suelos argentinos empiezan a mostrar las consecuencias
Especialistas advierten que la extracción de nutrientes continúa por encima de su reposición. La caída del fósforo disponible ya comienza a limitar rendimientos y obliga a revisar las estrategias de fertilización.

El deterioro de la fertilidad de los suelos agrícolas argentinos comienza a convertirse en uno de los desafíos más importantes para la producción. Entre los nutrientes que generan mayor preocupación aparece el fósforo, un elemento fundamental para el desarrollo de los cultivos y cuya disponibilidad disminuye de manera sostenida en numerosas regiones.
El problema tiene una explicación concreta: durante años, los cultivos retiraron nutrientes del suelo a través de las cosechas, pero una parte importante de ellos nunca volvió mediante fertilización.
Un estudio sobre la fertilidad de los suelos de la Región Pampeana determinó que, pese al crecimiento en el uso de fertilizantes, la reposición de fósforo continúa por debajo de lo que extraen los cultivos. En 2023, por ejemplo, se restituyó menos del 60% del fósforo removido por la producción agrícola.
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Los suelos empiezan a pasar factura
Durante mucho tiempo, la fertilidad natural de los campos argentinos permitió sostener elevados niveles productivos con dosis relativamente bajas de fertilizantes. Sin embargo, décadas de agricultura intensiva comenzaron a modificar ese escenario.
Especialistas de Aapresid advierten que numerosos lotes de la Pampa Húmeda ya presentan niveles críticos de nutrientes como nitrógeno, fósforo, calcio, magnesio, zinc y boro. Esa degradación química puede limitar el potencial productivo incluso cuando las condiciones climáticas son favorables.
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El fósforo cumple un papel esencial en el desarrollo radicular, la utilización del agua y la formación de estructuras reproductivas de las plantas. Cuando su disponibilidad cae por debajo de determinados niveles, los cultivos tienen mayores dificultades para alcanzar su potencial.
Caídas de hasta 60% en algunas regiones
La situación no se limita a la Región Pampeana. Estudios realizados por especialistas del INTA en el norte argentino detectaron reducciones de entre 16% y 62% en la disponibilidad de fósforo de los suelos agrícolas respecto de ambientes que permanecieron sin cultivar.
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Los investigadores advirtieron que, si continúa esa tendencia, el nutriente podría convertirse en una limitante cada vez más importante para la producción del NOA y el NEA.
La pérdida de materia orgánica también agrava el problema. Un estudio del INTA publicado este año señala que una reducción de apenas un punto porcentual de materia orgánica puede representar una disminución de entre 80 y 120 kilos de fósforo por hectárea en la capa superficial del suelo.
La soja y el girasol también empiezan a responder
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El agotamiento progresivo está modificando incluso el comportamiento de cultivos que históricamente mostraban menores respuestas a la fertilización.
Ensayos realizados en el oeste bonaerense detectaron que soja y girasol comienzan a responder cada vez más a aplicaciones de fósforo, azufre y otros nutrientes, especialmente en ambientes con menor contenido de materia orgánica y suelos arenosos.
La señal es clara: los nutrientes que durante décadas estuvieron naturalmente disponibles empiezan a convertirse en factores limitantes.
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Fertilizar ya no alcanza si no hay diagnóstico
Los especialistas remarcan que la solución no pasa simplemente por aplicar mayores cantidades de fertilizantes. El punto de partida debe ser conocer qué ocurre en cada lote mediante análisis de suelo y diseñar estrategias específicas de reposición.
También resultan fundamentales las rotaciones con gramíneas, los cultivos de cobertura, el incremento de la materia orgánica y los sistemas mixtos agrícolas-ganaderos que permitan recuperar gradualmente la salud física, química y biológica del suelo.
El desafío empieza a ser estratégico para el agro argentino. Sostener mayores rindes sin reponer los nutrientes extraídos significa consumir un capital natural que no es infinito.
Los suelos todavía conservan una enorme capacidad productiva, pero los especialistas advierten que esa ventaja no puede darse por garantizada: sin una estrategia de nutrición y conservación de largo plazo, el fósforo seguirá disminuyendo y el costo terminará apareciendo en los rendimientos.

